La confesión del recluta que se hirió un ojo para evitar la mili
En 1987, Juan Carlos Arniz Sanz quería ser policía militar. Durante unas pruebas de acceso, vio cómo un soldado era golpeado sin motivo. Lo que presenció le marcó: suspendió a propósito el examen técnico y se fue. Dos años después, ya en el servicio militar obligatorio, confió en un mando con boina verde que le aseguró que allí no se pegaba. Aquella palabra fue falsa.
Su testimonio, recogido en dos entrevistas junto al de otros exmilitares, describe un cuartel donde la violencia formaba parte de la rutina. Arniz Sanz asegura que solo veía una salida: una lesión. Tras contemplar un desenlace extremo, optó por autolesionarse el ojo para conseguir la baja definitiva. Le quedaban diez meses de servicio. «Me lo busqué», dice sin victimismo, «lo acepto y lo repetiría en un millón de vidas».
El código del silencio en los cuarteles
La historia encaja con la descripción de un funcionamiento interno basado en «callar y obedecer». Quien se sale de esa línea, recibe golpes. El propio Arniz Sanz guardó silencio durante años: publicó un libro en 1995 sin contar el incidente ni mencionar a los militares. Rechaza presentarse como víctima, cobrar una paguita por su salud mental o convertir su tragedia en espectáculo. No fue hasta 2024, tras tres años sin trabajo y con los ahorros agotados, cuando solicitó el IMV.
Un cambio generacional
El exrecluta observa que los más jóvenes comprenden mejor lo que vivió. Confía en que, cuando desaparezcan los defensores de la disciplina férrea, su relato se entenderá sin prejuicios. De momento, el maltrato denunciado queda en ese territorio gris: la justicia militar de la época no contemplaba estas quejas y las víctimas callaron durante décadas.