El fascismo como religión secular: la tesis de Farrerons sobre Heidegger
Una tesis doctoral de más de 600 páginas ha vuelto a poner sobre la mesa una idea incómoda: el fascismo no sería solo un régimen político o un fenómeno económico, sino una religión secular. El trabajo, titulado «Verdad y muerte. Filosofía frente a cosmovisión en el primer Heidegger (1919-1929)», firmado por Jaume Farrerons y disponible en el repositorio TDX, interpreta la ontología de Martin Heidegger como una suerte de sustituto religioso. La paradoja no es menor: el pensador alemán pasó de denunciar la metafísica a construir una «ontología fundamental» que, a juicio del autor, acaba funcionando como un culto secularizado. Y de ahí al fascismo solo hay un paso.
De la ciencia a la «gaya ciencia»
La tesis recorre la evolución de Heidegger entre 1919 y 1929. En ese periodo, el filósofo pasó de buscar una «ciencia originaria» a reivindicar un «rigor espiritual» (Geist) que Farrerons vincula con la muerte y la finitud. El Dasein -el «ser-ahí» heideggeriano- no es una esencia fija, sino un proceso: ser para la muerte. Esa experiencia de la finitud, elevada a verdad última, tendría una estructura análoga a la experiencia religiosa. No es casual que el autor de la tesis hable de «gaya ciencia», rescatando el término nietzscheano para describir una filosofía que ha abandonado la objetividad científica y se sumerge en el terreno del arte, la mística y la vida.
Uno de los detalles que más llama la atención es el énfasis en el contexto militar. La obra sitúa el primer Heidegger en el ambiente de la Primera Guerra Mundial, aunque conviene recordar que el filósofo no pasó por las trincheras: trabajaba en el servicio de correos. Esa distancia entre la «experiencia de la guerra» y la realidad burocrática no resta interés a la lectura farreroniana, pero obliga a matizar el aura heroica de alguno de sus pasajes. El propio texto sugiere que la muerte es la verdad de la existencia, y que esa verdad solo puede alcanzarse en la confrontación con la finitud. El salto de ahí a la política es, al menos, vertiginoso.
La religión política y sus raíces
La idea de que el fascismo nace como religión política recorre la historiografía desde hace décadas. La novedad de la tesis es la vía: no arranca del mito o de la liturgia, sino de la ontología. Si la muerte es la verdad de la existencia, entonces la política ya no puede ser una simple administración de recursos; tiene que ser una respuesta total a la pregunta por el ser. En ese marco, la nación, el líder o la revolución no son instrumentos, sino epifanías.
La comparación con otras experiencias totalizadoras aparece de inmediato. En la Revolución Francesa ya se intentó rendir culto a la diosa Razón; la URSS elevó la ciencia y el materialismo dialéctico a la categoría de dogma; el propio liberalismo ha generado su liturgia alrededor del mercado y el progreso. La pregunta no es si el fascismo tiene elementos religiosos, sino si esos elementos son constitutivos o meramente funcionales. Aquí se separan las aguas: mientras unos consideran que la «religión secular» es el núcleo del fenómeno, otros la ven como una herramienta de movilización al servicio de intereses mucho más prosaicos.
El fascismo, ¿religión o técnica de poder?
La tesis no convenció a todos. Una de las objeciones más repetidas es que el fascismo histórico tenía poco de metafísico y mucho de pacto corporativo. El régimen de Mussolini acabó reconociendo al Vaticano en 1929, en un acuerdo donde la «religión» se usó como instrumento de legitimación, no como fundamento. El nacionalsocialismo, por su parte, promovió un paganismo de escaparate mientras mantenía intactas las estructuras de poder económicas. En esa lectura alternativa, el fascismo sería un capitalismo de crisis: proteccionista, estatista y corporativo, pero no una religión.
También se han citado datos electorales incómodos. En 1933, los partidarios de Goebbels no ganaron por unanimidad: hubo al menos seis millones de votos en contra. Ese recuerdo sirve para subrayar que el fascismo se impuso por la violencia y por el cálculo de las élites, no por una conversión espiritual de las masas. La «religión» no habría sido el origen, sino el disfraz.
El peligro del sistema cerrado
Más allá de la etiqueta, lo que sobrevuela la discusión es la sospecha de que la propia tesis farreroniana cae en lo que denuncia. Un análisis recurrente en el intercambio señalaba que cualquier ideología «completa» -ya sea el marxismo-leninismo, el neoliberalismo dogmático o el heideggerianismo estetizado- funciona como un sistema axiomático cerrado. Se fijan unas premisas de partida (el Dasein, la lucha de clases, el mercado) y todo lo demás se interpreta dentro de ese marco, sin posibilidad de falsación.
La maniobra es clásica: definir la «verdad» de tal manera que siempre se esté fuera. Si protestas contra el sistema, ya te han colocado en un cajón. Si argumentas desde la razón, te acusan de «autoengaño». Esa estructura, denunciada con ironía en el análisis, es la misma que se atribuye al pensamiento totalitario. La pregunta incómoda es si una crítica radical al fascismo puede escapar de ese mecanismo sin reproducirlo.
La deriva hacia el complot
A medida que la discusión avanzaba, el intercambio se fue enredando en derivas menos recomendables. La tesis de Farrerons termina apuntando hacia una matriz puritana y crítica del capitalismo moderno, y la crítica a Jürgen Habermas se convierte en una requisitoria contra supuestas «mentiras» de la tradición judía. Es el punto donde el análisis académico degenera en conspiración. No hace falta reproducir los pasajes; basta con señalar que la terminología empleada roza peligrosamente los tópicos del antisemitismo clásico. Es difícil sostener que una reflexión sobre el fascismo como religión secular necesite recurrir a ese arsenal.
También hubo espacio para el esperpento: comparaciones entre la tauromaquia y el Dasein, la pregunta de si los parques temáticos son «totalitarios», o el intento de ligar la escala musical con los colores del arco iris. La mezcla de erudición y brocha gorda es, al final, lo que da textura al intercambio.
Una pregunta que sigue abierta
Al cabo de 67 días y un par de miles de intervenciones, la pregunta inicial sigue sin respuesta unánime. ¿Es el fascismo una religión secular? La tesis de Farrerons tiene el mérito de situar la cuestión en el terreno filosófico, pero su deriva hacia lecturas esotéricas y su afán totalizador la dejan en tierra de nadie. Lo que queda es un aviso útil: el fascismo no es solo un régimen político, y cualquier simplificación -sea económica, mitológica u ontológica- corre el riesgo de quedarse corta.
La próxima vez que alguien defina el fascismo de un plumazo, conviene recordar que los que más han pensado el problema no acaban de ponerse de acuerdo. Y que a veces, la propia herramienta de análisis se convierte en un culto.