El caso Alcàsser 33 años después: pentotal sin emitir y una mancha sin dueño
Treinta y tres años después del secuestro y asesinato de tres adolescentes en Alcàsser, el caso sigue sin una sola prueba nueva que llevar a un tribunal. Ni la había hace seis meses ni la hay ahora. Lo que sí ha cambiado es el ruido: más canales, más entrevistas, más anuncios grandilocuentes y la misma ausencia de cualquier evidencia verificable que pueda reabrir una causa cerrada. La última oleada de atención arranca de un supuesto documental, de una prueba de pentotal que jamás llegó a verse en pantalla y de una discusión pública entre quienes sostienen que todo esto es un fraude y quienes aseguran que hay material pendiente de salir. Sobre el fondo, cero avances.
El pentotal que nunca llegó a verse
El motor del último ciclo ha sido un documental firmado por un conocido creador de contenido que, sobre el papel, iba a someter a Miguel Ricart a una prueba de pentotal y a incluir una entrevista con un anestesista. La puesta en conocimiento de las familias de dos de las víctimas formaba parte del paquete anunciado. Hasta aquí la promesa. La realidad es que la prueba no se ha mostrado nunca en pantalla y que ni siquiera queda claro qué sustancia se habría administrado: se ha hablado de pentotal sódico, de una variante denominada tiopentotal y de un cóctel de cinco sustancias que, andando el asunto, habrían resultado ser nueve.
Quienes siguen el caso a diario sostienen que ese anuncio tenía una función muy concreta: sostener la expectativa del público hasta la fecha prevista del estreno y, llegado el momento, justificar la ausencia de metraje con cualquier excusa. La versión más repetida es que el autor ya tenía preparada una segunda entrevista con Ricart en la que el condenado se reafirmaría en su inocencia y en la que se le habría pillado en una supuesta mentira relacionada con una estancia en Londres. Un anuncio por delante, un cartón por detrás. El cálculo completo de fechas, anuncios y réplicas se pierde entre cientos de mensajes cruzados.
La mancha de sangre que no tiene dueño
Otro de los supuestos hallazgos de este tramo es una posible mancha de sangre en un vehículo vinculado al caso. La hipótesis que circula encaja con la versión de que Anglés viajaba en el asiento del copiloto, agredió a una de las víctimas en la boca y provocó un sangrado cuya huella quedaría en el respaldo. El encaje es elegante. El problema es que no se sabe si la mancha existe, no se sabe de quién es y no hay base probatoria para atribuirla a nadie.
Una parte de los que analizan el sumario recuerda que existe controversia forense sobre si las heridas de las víctimas sangraron de forma relevante, y que la descripción de los cuerpos ensangrentados que dio el propio Ricart no coincide del todo con los informes médicos. La conclusión que se impone, por mucho que disguste a quienes venden novedades cada trimestre, es que nada de esto es utilizable en un proceso. La mancha, como otras piezas del relato, existe mientras nadie la mida.
Ricart, el libro y un cambio de versión a tiempo
El tramo final del seguimiento gira en torno a tres asuntos: el libro atribuido a Fernando García, la querella anunciada contra Ricart y el momento exacto en el que el condenado corrigió su relato sobre el lugar donde ocurrieron los hechos. El cambio, que llevó la escena de una fábrica abandonada de Catadau a una caseta de Tous, no fue improvisado: alguien con información parecía tener ya corregida la ubicación antes de que el propio protagonista lo verbalizara. Los más veteranos en el seguimiento del caso lo llaman fallo en la Matrix. Los más escépticos, coincidencia.
El libro es objeto de otra guerra paralela. Hay quien sostiene que está narrado íntegramente en primera persona y que, por tanto, no es una obra ajena sino testimonial, con frases como «mi hija» o «comienzo a escribir estas líneas» que no dejan lugar a dudas. Y hay quien responde que discutir quién firma el libro es una manera de no discutir lo que cuenta. Sobre la querella, el escenario sigue abierto: se ha anunciado la intención de pedir cárcel para Ricart, pero el estado del procedimiento no permite dar por hecho ningún desenlace.
Del 'Mississippi' de 1997 a los creadores de contenido de hoy
La comparación que más se repite es con el Mississippi, el programa de televisión que en 1997 removió el caso en directo. La diferencia, dicen, es que aquello lo hacía gente con oficio, mientras que ahora lo hace una generación de youtubers que se ofende si se les llama youtubers y prefiere el eufemismo creador de contenido. El contenido, en la práctica, consiste en reformular lo que ya dijeron los medios clásicos, los libros de siempre y los viejos archivos del caso.
Hay quien ha bautizado a los nuevos como una versión menor del periodismo que hizo Juan Ignacio Blanco en su día: dos señores con máscara, entrevistas repetidas, un dron sobre el paraje de La Romana y ningún dato que no estuviera ya publicado hace veinticinco años. La crítica de fondo es siempre la misma: se confunde el gesto con el argumento. Y el espectador asiste a un concurso de popularidad más parecido a un reality que a una investigación. El sumario, recuerdan los veteranos, está al alcance de cualquiera desde 1997.
El cabo que apareció 28 años después
Entre los materiales que han vuelto a circular figura la declaración de un cabo de la Guardia Civil que, en 1997, decía haber recibido información sobre el supuesto paradero de las niñas a través de una cadena de intermediarios. Veintiocho años después, ese mismo cabo aparece en YouTube señalando a un antiguo compañero de seguridad de una discoteca del entorno, al que sitúa en un grupo con gente importante y describe con adjetivos que el propio canal no respalda con documentos.
El problema de este tipo de testimonios, cuando llegan con tanto retraso, es siempre el mismo: o hay contraste documental o no hay nada. La memoria de un testigo treinta años después vale menos que el sumario. Y el sumario, aquí, es lo único a lo que se puede agarrar cualquiera que quiera salir de la rumorología.
La guerra civil entre quienes siguen el caso
Otra parte del ruido no tiene que ver con el caso, sino con quienes lo discuten. En los últimos meses la conversación pública se ha llenado de descalificaciones entre dos bloques: los que defienden a ultranza al creador de contenido y los que llevan meses desmontando sus anuncios. La confrontación ha tenido su versión más agria en redes cruzadas, respuestas despectivas, capturas y acusaciones mutuas de manipulación. El resultado es que el espectador nuevo llega al caso Alcàsser y lo primero que ve no es un cadáver sin justicia, sino una pelea de egos.
Un participante lo resumía así: se ha pasado de los debates y los análisis a hacer un circo donde se mezcla todo, se dan datos sin relacionar y sin saber adónde van. Otro añadía que es fácil memorizar datos y repetirlos como loros, pero que la inteligencia no es memorizar, sino relacionar lo que se sabe para formar un concepto más complejo. Difícil discutirlo.
Memes con IA y montajes de aficionado
En medio del ruido han aparecido también montajes generados con inteligencia artificial, canciones satíricas y falsos programas radiofónicos atribuidos a los protagonistas. Para unos, es humor. Para otros, es una falta de respeto a las víctimas que se suma a un problema mayor: la difusión de material generado automáticamente como si fuera información. Hasta los veteranos del caso, acostumbrados a los excesos de los foros de los noventa, se sorprenden de que la discusión haya llegado a este punto. Antes se reconocía el mérito de quien razonaba una teoría, aunque estuviera equivocado. Ahora, el mérito es saber usar una aplicación.
Los nudos que descolocan el relato oficial
Entre los datos técnicos que reaparecen cada cierto tiempo hay uno que sigue sin respuesta convincente: el análisis del doctor Frontela sobre los nudos. Según su informe, esos nudos no eran compatibles con una ejecución torpe ni con el estado de intoxicación en el que la versión judicial situaba a los condenados. Quien anudó aquello, sostenía, tenía conocimientos de cabuyería, frialdad y motricidad fina, lo que apuntaba a perfiles como marineros, pescadores o militares.
Esa conclusión la han repetido todas las teorías alternativas durante tres décadas. La han desmentido pocas. No convierte el caso en otra cosa que lo que es —una causa cerrada con condena firme—, pero sí alimenta la sospecha de que hubo manos que no aparecieron en el banquillo. Ese es, en el fondo, el único argumento que sigue teniendo recorrido.
El aniversario 33 y el cierre del tomo anterior
El trasfondo de todo esto es menos heroico de lo que parece. El espacio donde se discutía todo esto se cerró justo cuando la conversación se estaba poniendo incómoda para los que defendían el relato más grandilocuente, y se abrió uno nuevo con el pretexto del aniversario. La sospecha de que ese corte favorece a quien menos tiene que enseñar es explícita. No hay pruebas. Como casi todo en este caso. Lo que sí hay es un patrón: cada vez que el foco se acerca al punto débil de un relato, alguien descubre que hay que pasar página, empezar de cero o refundar el debate. La audiencia, entretanto, sigue picando.
Lo que no ha cambiado en 33 años
Al final, el balance es el de siempre. El caso Alcàsser se ha convertido en un ecosistema económico: canales, libros, entrevistas, pruebas anunciadas y nunca emitidas, querellas en el aire y una audiencia que se renueva cada vez que una plataforma saca un documental. La diferencia con 1997 es que aquella televisión, con todos sus excesos, al menos no fingía metodología. La de ahora simula laboratorio.
Es probable que dentro de seis meses haya otro documental, otro anuncio y otra ronda de entrevistas. También es probable que dentro de seis meses no haya una sola prueba nueva. El caso funciona como un reloj suizo: promete más de lo que da, y sale gratis.