El ladino sobrevive en Israel pero ya no es el castellano del siglo XV
En una papelería de Tel Aviv se venden revistas de pasatiempos en español. No en el español que se estudia hoy en el Cervantes, sino en la lengua que trajeron los sefardíes expulsados de la península en 1492 y que sus descendientes han conservado durante cinco siglos entre Estambul, Salónica y Jerusalén. A esa lengua se la llama ladino o judeoespañol. Y alrededor de ella se ha montado un pulso lingüístico que va mucho más allá de la filología: ¿es castellano medieval que sigue vivo, o una lengua ya transformada?
¿Qué es el ladino y dónde se sigue hablando?
El ladino es la variedad del español que los judíos sefardíes llevaron consigo tras la expulsión de 1492 y que mantuvieron como lengua doméstica, litúrgica y literaria en el Imperio otomano. Hoy su presencia se concentra en Israel y Turquía, donde quedan hablantes de edad avanzada y una producción cultural mínima: prensa, traducciones bíblicas y, curiosamente, cuadernos de pasatiempos. La revista de entretenimiento en ladino que se vende en Israel es el ejemplo más gráfico de que la lengua no está muerta, aunque agonice.
Ahí arranca la discrepancia. Una parte sostiene que lo que suena en esos textos es prácticamente castellano antiguo, emparentado directamente con el idioma de los Reyes Católicos. Otra corriente, más prudente, recuerda que la lengua evolucionó igual que evolucionó el castellano peninsular: quien la escucha entiende casi todo precisamente porque no es medieval, sino un dialecto moderno con raíces antiguas.
¿Se entiende hoy el castellano de Cervantes y de la Edad Media?
La discusión derivó hacia una pregunta clásica: ¿cuánto se entiende del castellano de hace cinco siglos? Hay quien defiende que el texto salido de la pluma de Cervantes se comprende en un noventa por ciento sin esfuerzo, y que lo mismo ocurre con documentos de la época de los Reyes Católicos. Otros replican con escepticismo: mezclar «della», «dijéronme» o «calzas de velludo» con una conversación cotidiana no es entender, es descifrar.
El ejemplo que zanjó el envite fue el
Conde Lucanor, compuesto hacia 1330-1335. Ahí el salto ya es notable, y más aún en versiones con la grafía original. Antonio de Nebrija fijó las primeras normas ortográficas un siglo antes de Cervantes; lo que cambió después fue la ortografía y el vocabulario, no el esqueleto gramatical. De ahí que el ladino se entienda y el
Cantar de mio Cid no.
Una anécdota de Estambul y un debate que se torció
La conversación produjo una escena reveladora: un viajero español se topa en Estambul con un sefardí que se presenta como Antonio Pérez y que se sorprende al saber que en Murcia media región presume de antepasados judíos. La pregunta de fondo —cuánto de España sobrevive fuera de España— es la única que el ladino responde con datos.
El tono, en cambio, se degradó. Una parte de la discusión derivó hacia generalizaciones hostiles contra un colectivo y hacia descalificaciones personales que no aportan nada al asunto lingüístico. Cuando el argumento se agota, aparece el insulto. Es la señal más fiable de que la filología había terminado.
Dos datos cierran la paradoja. El primero: la genética de la península y la de los sefardíes comparten un tronco común que muchos niegan por comodidad. El segundo: el castellano del siglo XV que se supone perdido sigue imprimiéndose cada semana en Israel. Se vende. Alguien lo compra. Alguien lo lee.