El bulo del pandero v2.0: ni 100 vecinos, ni escena creíble
Una aldea de 100 habitantes, dos adolescentes de 14 años cogidas de la mano y un grupo de ultraderecha que aparece justo entonces con gritos de «viva Franco, viva Vox». La escena tiene todos los ingredientes del drama perfecto. También demasiados agujeros. La nueva iteración del presunto ataque, bautizada como el bulo del pandero v2.0, se ha convertido en el mejor ejemplo de cómo se fabrica la indignación en serie.
El problema no es solo lo que pasó, sino la probabilidad de que pasara exactamente así. Una localidad pequeña no es el escenario natural de una patrulla violenta que encuentra a sus víctimas a mano. La versión corregida habla de 150 habitantes, un ajuste que no hace más creíble el relato. Hay quien defiende justo lo contrario: que el bulo es la acusación de bulo, un mecanismo para desactivar agresiones reales. La discusión no es nueva, pero la numeración de casos, que ya alcanza la versión 5.999, sugiere producción industrial.
El precedente incómodo
En medio del cruce de versiones aparece el caso Fonzi Lolaizo, recordatorio de que algunos relatos se desmontan solos. Y, al otro lado, la sátira: si creyéramos la caricatura, cada plaza de pueblo tendría una estatua de Blas Piñar a tamaño real y a las ocho de la mañana se cantaría el Cara al Sol. La exageración sirve para subrayar que el estereotipo se ha convertido en un atajo mental tan rentable como irreflexivo.
Queda una pregunta incómoda: ¿importa que sea verdad? Con la atención convertida en mercancía, un falso ataque que se repite hasta la versión 5.999 sigue generando clics, ira y leyes. ¿Y si la rentabilidad del bulo no dependiera de su veracidad?