El aeropuerto de Bilbao: de La Paloma a Lehendakari Aguirre
El aeropuerto de Bilbao afronta un debate sobre su nombre, con la propuesta de llamarlo Lehendakari Aguirre. La discusión ha reabierto la polémica sobre el bautizo de infraestructuras públicas, una costumbre que, según algunos participantes, ya rebautizó Barajas, Atocha y el Prat. El problema, se repite en el hilo, no es el nombre: es quién decide, con qué dinero y para qué.
Cómo se llama en realidad el aeropuerto de Bilbao
El nombre oficial no coincide con el que usa casi todo el mundo. Según se sostiene en el hilo, el aeropuerto se llama La Paloma, pero el PNV se ha referido siempre a él como aeropuerto de Loiu, la localidad donde está ubicado, que históricamente se ha llamado Lujua. Antes de eso, la referencia era Sondika. Tres topónimos, un solo aeródromo y ninguna unanimidad.
Sobre esa base, añadir Lehendakari Aguirre no resuelve el lío: lo agranda. Hay quien sostiene que el homenaje tiene poco que ver con la aviación. Aguirre fue presidente del Gobierno vasco, no un pionero del transporte aéreo, y el vínculo entre el personaje y la pista es, como mínimo, discutible. También circula el argumento contrario: si hay que elegir un nombre, mejor el de un cargo institucional que el de un ideólogo.
La cascada de rebautizos que empezó en Barajas
Una parte del análisis del hilo sostiene que Barajas pasó a ser Adolfo Suárez, Atocha, Almudena Grandes, Chamartín, Clara Campoamor, y que la estación de trenes de Bilbao fue rebautizada con el nombre de Indalecio Prieto; también se pregunta si el Prat pasó a llamarse Josep Tarradellas. Esa lectura sitúa el origen de la fiebre en el cambio de Barajas y sostiene que, desde entonces, cada administración quiere dejar su placa.
El argumento contrario también circula: los nombres políticos se usan poco. Nadie dice «quedo en Adolfo Suárez», dice «quedo en Barajas». El topónimo sobrevive al homenaje, y eso convierte cada rebautizo, según esta lectura, en un gasto administrativo con rédito simbólico dudoso.
800.000 habitantes y una terminal que se queda corta
El área metropolitana de Bilbao reúne, según un participante, unos 800.000 habitantes. Hay quien describe las zonas de facturación y control como el punto más flojo de la instalación. El reproche recurrente es sencillo: sobran rótulos y falta inversión.
La pregunta que se cuela entonces es la de siempre: cuánto costaría el cambio de nombre y quién lo paga. En el hilo no aparece cifra alguna, y ahí el debate se queda sin respuesta.
Cuando el debate se fue del rótulo a la red de aeropuertos
A mitad de la discusión, el asunto del nombre se agotó y derivó a otra cosa: dónde debería haber aeropuertos en España y cómo conectarlos. Una parte del hilo citó Ocaña como ubicación para un segundo aeródromo de Madrid, con un aeródromo de 1.200 metros de pista ya existente; Casarrubios como alternativa peor conectada; Toledo, con más de 700.000 habitantes y sin instalación; y los nuevos aeropuertos de Lisboa y Oporto, que, según ese análisis, se comerán tráfico extremeño y gallego. Un desvío revelador: cuando el análisis se va por ahí, es porque el original no daba más de sí.
El razonamiento se atasca exactamente donde se atasca todo rebautizo. Nadie discute el nombre porque el nombre no cambia nada material: ni una pista, ni una puerta de embarque, ni un vuelo. Los que piden menos rótulos y más inversión no han visto todavía una cifra de lo que costará la operación. Y el aeropuerto, se llame La Paloma, Loiu o Lehendakari Aguirre, seguirá siendo Loiu para quien lo coge cada semana.