El pulso entre la glaciación y el horno: 13 años de datos sin resolver el dilema
La evidencia de los últimos trece años no logra cerrar la brecha entre los escenarios de una inminente edad de hielo y los del calentamiento desbocado. En 2013, cuando la corriente de chorro polar empezó a desviarse hacia el sur y el hielo ártico recuperaba terreno perdido, un puñado de análisis señaló el posible inicio de un ciclo glacial. Pero desde entonces, los datos han sido todo menos unívocos.
Señales frías que alimentan la hipótesis glacial
El 30 de noviembre de 2013, la extensión de hielo en el Ártico alcanzó 10.866.552 km², una cifra que algunos interpretaron como una recuperación imparable. En el País Vasco, un nevero a 700 metros de altitud aguantó todo el verano, con 40 cm de espesor y 2.000 m² de superficie, algo inusual desde hacía décadas. En los años siguientes, las anomalías se repitieron: una casa en el lago Ontario quedó sepultada por el hielo en marzo de 2017; la Volta a Catalunya tuvo que recortar 58 km por nieve en los Pirineos; y en 2020, Arabia Saudí registró una ola de frío considerada histórica. Para los partidarios de la glaciación, estos episodios eran la prueba de que el Sol entraba en un mínimo prolongado (similar al de Maunder) y que los ciclos de Milankovitch empujaban hacia un enfriamiento global.
La contracorriente de los eventos cálidos
Sin embargo, el mismo periodo registró olas de calor extremas: en mayo de 2018, Canadá emitió avisos por sensación térmica de 36 °C en Toronto, y Pakistán alcanzó los 45 °C. En 2020, la última plataforma de hielo intacta del Ártico canadiense se derrumbó, perdiendo más del 40% de su superficie en pocos días. Mientras unos puntos del globo se congelaban, otros se asaban. La pausa en el calentamiento global (2006-2016) dio paso a un escalón térmico en 2022, cuando las temperaturas dieron un salto que los modelos de CO₂ anticipaban. Los defensores del Mad Max climático argumentan que los eventos fríos son meras fluctuaciones regionales dentro de una tendencia inequívoca al alza.
El impacto agrícola y la sombra de la escasez
La polarización no es solo académica. Las heladas tardías en el Mediterráneo han dañado cosechas de almendro y albaricoque, y en la región de Murcia los agricultores reportaron primaveras inusualmente frías que retrat la floración. En el altiplano peruano, nevadas intensas sepultaron pastizales bajo 40 cm de nieve, amenazando la cabaña ganadera. Al mismo tiempo, Brasil sufría sequías persistentes por La Niña, poniendo en jaque el café, el azúcar y las naranjas. La volatilidad climática, más que una tendencia lineal, es el denominador común que ambos bandos citan para sostener sus profecías.
Geopolítica del deshielo y la congelación
El hilo ha reflejado también la dimensión geopolítica. La posibilidad de que Groenlandia se descongele abrió debates sobre la compra de la isla por parte de Estados Unidos. La apertura del paso del Noroeste, antes bloqueado por el hielo, promete rutas comerciales más cortas, pero también tensiones por los recursos. Una eventual glaciación en Europa, por el contrario, obligaría a replantear la dependencia energética de Argelia y Rusia, con ciudades que podrían quedar aisladas por el frío.
Un veredicto pendiente
Tras trece años de seguimiento, la discusión sigue abierta. Los datos muestran que el clima es un sistema caótico donde coexisten señales contradictorias. Si los próximos años confirman el fortalecimiento de las corrientes frías o la aceleración del calor, sabremos si 2013 fue el primer año de una nueva era. Por ahora, quien espere una respuesta categórica, que se abrigue o que se abanique, según el día.