El silencio del feminismo cuando la víctima no encaja en el relato
La escena se repite con una mecánica casi coreografiada: trasciende una agresión sexual denunciada, el presunto autor no responde al perfil que el relato esperaba, y el silencio institucional empieza a pesar. Cuando Irene Montero, eurodiputada de Podemos, salió a defender a los migrantes que permanecen en Ceuta, la respuesta en redes fue unánime en el tono: «Llévatelos a tu casoplón en Galapagar». La pregunta que flota no es humanitaria. Es incómoda: ¿dónde está el feminismo cuando el agresor no es el sospechoso de siempre?
La acusación de silencio selectivo
El reproche central sostiene que el movimiento feminista, rapidísimo en convocar concentraciones ante según qué casos, desaparece del mapa cuando las víctimas o los presuntos agresores rompen su marco. No es una tesis nueva, pero ha encontrado en la ciudad autónoma su munición más repetida. Se argumenta que existe un patrón deliberado: condenar la violencia machista en abstracto y esquivar el caso concreto que incomoda. En contra pesa un matiz nada menor: atribuir a todo un movimiento un silencio que quizá solo afecta a sus portavoces institucionales es una simplificación de manual.
Ceuta: la cronología que alimenta la denuncia
Las cifras difundidas en los últimos meses han hecho el trabajo de la acusación. La Guardia Civil habría confirmado al menos 15 agresiones sexuales desde la entrada masiva que se cifró en decenas de miles de personas. Las denuncias, según las informaciones publicadas, ascendieron después a 19, ya con víctimas españolas entre ellas. Se llegó a hablar de seis nuevas agresiones en un solo fin de semana y de más de una docena de presuntos agresores buscados por la Policía. Cada dato nuevo reabría la misma pregunta.
Por qué la pregunta siempre vuelve en marzo
Hay un elemento de calendario que no conviene ignorar. Buena parte del reproche se activa cada vez que se acerca el 8-M, cuando el feminismo institucional recupera visibilidad y presupuesto de atención. La sospecha que circula es la de un movimiento que despierta para la foto y se adormila el resto del año. Es una acusación fácil de lanzar y difícil de demostrar, pero también una que el propio funcionamiento mediático del calendario reivindicativo hace verosímil.
El feminismo como industria: quién paga la factura
Bajo el debate moral late uno económico. Se sostiene que el feminismo institucional funciona como un sector con presupuesto, subvenciones y cargos, y que su supervivencia depende de no romper la alianza política que lo sostiene. El análisis más cínico lo resume así: la maquinaria no puede condenar según qué agresores sin agrietar el bloque que la financia. El contraargumento es que reducir un movimiento social a una partida presupuestaria es una caricatura interesada, y también una excusa cómoda para no discutir el fondo.
La otra cara: cuando la violencia se usa como arma
No todo es silencio ni todo es cálculo. Existe una corriente que defiende que la polémica está siendo instrumentalizada: convertir agresiones denunciadas en munición política contra la inmigración. Es un debate legítimo sobre el uso de la violencia sexual como herramienta de confrontación partidista, y merece un análisis serio, no un titular.
El dato que descoloca: cuando vecinos de Ceuta salieron a la calle en defensa de las mujeres y las niñas, no fue el feminismo organizado quien convocó la marcha. Fueron los vecinos.