Dominicanos en Suiza: el choque cultural que tensa la convivencia
Suiza vende orden, puntualidad y leyes que se cumplen. Un vídeo de un grupo de dominicanos en la orilla de un lago suizo ha puesto en jaque esa imagen: sillas plegables, música a todo volumen y una escena que para unos es inocente y para otros, la prueba de que el «tercermundismo» se importa. La polémica ha trascendido el suceso concreto.
Los hechos, en apariencia menores, han disparado una controversia con tres frentes bien delimitados: el idioma, el empleo y la vivienda. Se cuestiona que los recién llegados hablen alemán; se les presume al margen de los cauces ordinarios; y se pregunta quién les alquila y en qué condiciones. Detrás de esa última pregunta asoma un negocio nada desdeñable.
Un lago, unos altavoces y el punto de fricción
El episodio no es un caso aislado. En Zúrich, el barrio de Langstrasse se ha convertido en el símbolo del conflicto: locales regentados por dominicanos, presencia en limpieza y construcción y una integración lingüística que muchos consideran mejorable. Hay quien señala que algunos negocios del barrio operan con contratos falsos o se sostienen sobre economías informales. No hay datos que lo confirmen, pero la percepción alimenta el rechazo.
Frente a esa lectura, un sector responde con un espejo incómodo: los españoles fueron durante décadas los ruidosos de Europa. En el ámbito rural, los veraneantes patrios dejan estampas parecidas —gritos, música y coches donde no caben— sin que nadie hable de tercermundismo. La acusación mutua de hipocresía recorre toda la controversia.
El idioma y el alquiler: los dos caballos de batalla
Dominar el alemán se ha convertido en la prueba de fuego. Se relata que en el transporte público los grupos extranjeros «berrean» en su lengua en vagones silenciosos, y que apenas se les oye una palabra en el idioma local. Ese detalle delata una integración fallida. Pero el argumento tiene una derivada económica: la comunidad dominicana cubre nichos de trabajo que los suizos no quieren, sobre todo en limpieza y construcción, a menudo con contratos precarios.
La vivienda es el segundo frente. Ante la pregunta de quién alquila a estos colectivos, la respuesta más extendida es que los caseros lo hacen por habitaciones, sacando una rentabilidad alta de pisos que de otra manera quedarían vacíos. Es decir, no falta el que se beneficia del fenómeno mientras lo critica. El mercado del alquiler suizo encontró en la migración un filón.
Guetos o normalidad: el futuro de la convivencia
El miedo a la formación de guetos domina el pesimismo. Se argumenta que sin una política de integración activa, la coexistencia deriva en segregación. En el extremo opuesto, hay quien sostiene que la solución no pasa por controlar a quién llega, sino por acelerar su integración: idioma, empleo estable y vivienda digna son el tríptico que evita la fractura.
La comparación con el pasado español vuelve a la palestra. Hay un reconocimiento general de que los españoles son hoy más «europeos» que hace cuarenta años, lo que da esperanza a los optimistas: el comportamiento incívico, si se acompaña de integración económica, tiende a suavizarse. Pero ese proceso lleva décadas, y la paciencia social tiene límites.
Si el problema fuera solo el ruido, bastaría con una ordenanza municipal. Que la controversia haya derivado en acusaciones cruzadas de racismo y desprecio por el país de acogida indica que aquí está en juego algo más profundo: qué se espera de quien llega, qué se le ofrece y quién paga la factura.
La respuesta, a día de hoy, no está escrita.