Ceuta: el relato de Sánchez contra los datos del comercio
La crisis de Ceuta ha dejado una imagen insólita: un presidente del Gobierno señalando a Rusia, Israel y una “internacional ultraderechista” como presuntos autores de la presión migratoria, mientras Marruecos —el país que comparte frontera terrestre con la ciudad autónoma— queda formalmente fuera del relato oficial. La explicación no convence ni a los que suelen defender la política exterior del Ejecutivo.
El primer problema es de coherencia geopolítica. Rusia e Israel mantienen relaciones tensas o abiertamente hostiles en varios frentes regionales; presentarlos como socios de una operación conjunta contra España exige una imaginación que ni el guionista más creativo de Moncloa ha explicado todavía. El segundo problema es económico, y ahí los datos aprietan más que las conspiraciones.
La dependencia que nadie quiere nombrar
Marruecos no necesita urdir complots internacionales para ejercer presión sobre España: le basta con su posición geográfica y con la asimetría comercial que ambos países han construido durante décadas. La Unión Europea supone en torno al 33,7 % del comercio exterior marroquí, mientras que Marruecos apenas representa el 1,2 % del comercio de la UE. Dicho de otro modo: ellos nos necesitan mucho más que nosotros a ellos, pero en la práctica la relación se gestiona como si fuera al revés.
El caso del diésel ilustra hasta dónde llega esa asimetría. Las compras españolas de combustible a Marruecos pasaron de cantidades mínimas a 123.000 toneladas en dos meses, con sospechas de que parte de ese carburante podría ser de origen ruso. La ironía es perfecta: mientras el Gobierno apunta a Moscú como instigador de la crisis, los depósitos españoles se llenan con diésel que, según varias fuentes, podría haber salido de puertos rusos con escala marroquí.
El control del estrecho, la clave que no aparece en los comunicados
Detrás del ruido sobre el “fascismo internacional” asoma un asunto más tangible: el control de las aguas del estrecho de Gibraltar. Ceuta y Melilla no son solo dos ciudades con un problema migratorio; son dos piezas en el tablero del tráfico marítimo que conecta el Atlántico con el Mediterráneo. Quien controle ese paso controla una de las rutas comerciales más estratégicas del planeta.
En ese contexto, la crisis migratoria no sería un fin en sí mismo, sino una herramienta de presión para renegociar el estatus de las aguas territoriales y, a medio plazo, el de las propias ciudades. Hay quien sostiene que el objetivo último sería vaciar de soberanía efectiva la zona para que España pierda la capacidad de decidir quién entra y quién sale del Mediterráneo occidental. Suena a teoría de la conspiración; también sonaba hace veinte años la idea de que Marruecos usaría la migración como arma de Estado.
Un relato que se aleja de los informes y de la calle
El contraste entre la versión oficial y lo que se ve sobre el terreno ha abierto una brecha incluso entre los socios europeos. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, llegó a lamentar que países de la UE ayudaran a “amplificar” la desinformación sobre Ceuta, en lugar de asumir que la crisis tenía un origen doméstico y bilateral. Esa queja, más que un argumento, parece un síntoma de que el relato oficial no resiste el contraste con los hechos.
Mientras tanto, en la ciudad autónoma la percepción es otra. Los residentes ven cómo la legislación y la gestión de la crisis han otorgado más protección jurídica a quienes entraron saltando la valla que a los propios ceutíes. Esa sensación de abandono institucional no es nueva, pero la crisis la ha convertido en un clamor que ningún comunicado de Moncloa ha sabido responder.
El dato que descoloca
Al final, el debate sobre quién organizó la entrada masiva deja una pregunta incómoda: si Rusia, Israel y la ultraderecha internacional son tan poderosos como para coordinar una operación contra Ceuta, ¿cómo es posible que nadie haya presentado una sola prueba? Y si no hay pruebas, ¿por qué se lanza esa acusación contra países con los que España mantiene relaciones diplomáticas activas?
La respuesta más probable no está en Moscú ni en Tel Aviv, sino en la necesidad de desviar la atención de un hecho incómodo: Marruecos tiene palancas de presión sobre España y las usa cuando le conviene. El resto es ruido, y el ruido, como los buenos espías, siempre se disuelve en cuanto se encienden los focos.