La estatura deja de ser un arma: el soldado perfecto ya no mide 1,90
Desde la Grecia clásica hasta bien entrada la Edad Media, la estatura fue un arma. El hombre alto sumaba su altura al alcance de la espada, y la inercia del golpe caía de arriba abajo sobre un adversario más bajo. Pero la guerra ha cambiado. La mira telescópica se gradúa, el camuflaje no perdona los cuerpos grandes y la movilidad manda. El soldado perfecto ya no es el gigante de 1,90, sino el de complexión media que consume menos, se mueve mejor y es más difícil de localizar.
La logística lo confirma. En la guerra de Vietnam ya se observó que un combatiente de menor estatura no solo tenía ventaja en el terreno, sino que ingería menos alimentos, lo que simplificaba el suministro. Un dato que en economía militar pesa más que la nobleza del linaje. El debate, sin embargo, no está cerrado: en el cuerpo a cuerpo, un tronco de 1,90 y 120 kilos sigue siendo un problema serio para un «tirillas» de 1,70 y 70 kilos, aunque este último pueda sacar un cuchillo antes.
La discusión histórica tampoco ayuda a zanjar la cuestión. Mientras unos recuerdan que los bárbaros germánicos no derrotaron a Roma por capacidad militar sino por inmigración, otros señalan batallas como Arbalo o el río Lupia, donde los romanos, de menor estatura, vencieron a los bárbaros. La estatura, como el resto de variables, depende del contexto.
Así que la estatura no ha dejado de ser un factor, pero ha perdido su aura de nobleza. En la guerra moderna, ser alto es un lastre logístico y táctico; en la antigua, era una ventaja física. El punto donde el análisis se atasca es ese: la transición de un paradigma a otro no ha sido completa, y el combate cuerpo a cuerpo sigue dando razones a los defensores de la talla.