El spam con IA que está vaciando de gente las comunidades de historia
¿Cuánto spam generado por máquinas puede aguantar una comunidad antes de expulsar a quien lo emite? La pregunta ya no es teórica. En un espacio dedicado a la historia, las quejas apuntan a una sola cuenta que, según los participantes, conversa en solitario con un chatbot —burbubot— y ha abierto la mitad de los debates recientes sin dirigirse a nadie.
Desde la economía de la atención, el diagnóstico es sencillo: la posición en la lista de temas es un bien escaso, y cada monólogo automático desplaza a una discusión con valor. Quienes lo padecen lo comparan con un exhibicionista: no hay contacto, pero la ocupación incómoda. Las soluciones oscilan entre la expulsión directa, la restricción de visibilidad y algo menos ortodoxo: cobrar por cada uso del bot para que el ruido deje de ser gratis.
Mientras los humanos deciden entre blindar el espacio o resguardarse en privado, el bot seguirá escribiendo solo contra su propio silencio. Con adversarios así, la historia no necesita enterradores; basta con que una cuenta decida no parar.