Cuba no ha dejado de ser oficialmente comunista. Pero el régimen de La Habana ha presentado un paquete de 176 transformaciones económicas y sociales que, sobre el papel, entierran décadas de dogmatismo: apertura de bancos privados, casas de cambio, franquicias extranjeras, varias empresas por persona y hasta venta privada de combustible. El anuncio, realizado por el primer ministro Manuel Marrero, es el mayor giro desde los años 90. La pregunta que flota en el ambiente: ¿es una conversión real al capitalismo o un maquillaje para sobrevivir a la peor crisis de su historia?
Lo cierto es que el paquete incluye medidas que hasta hace poco eran herejía: se permitirá la creación de bancos privados y de instituciones financieras extranjeras, algo impensable en un país donde el Estado controlaba el 100% del sistema bancario. También se abrirá la puerta a que los extranjeros operen franquicias y a que los cubanos gestionen varias empresas a la vez. El objetivo declarado es atraer inversión y aliviar una economía asfixiada por la escasez, los apagones y una moneda desplomada.
El modelo Vietnam, pero con los Castro dentro
El referente no es nuevo. Ya en los años 90, tras la caída de la URSS, el régimen intentó una apertura similar, y en los últimos años se ha comparado el giro con el modelo chino o vietnamita: capitalismo en la economía, control político férreo. Raúl Castro visitó Vietnam en repetidas ocasiones para estudiar aquel esquema. La diferencia es que Vietnam y China tenían una base industrial que Cuba aún no ha construido. La isla arrastra un embargo estadounidense (o bloqueo, según se mire), una moneda sin valor y una infraestructura colapsada. Montar un capitalismo en esas condiciones es otra historia.
Escépticos: la historia ya jugó esta película
Quienes desconfían recuerdan el precedente de los 90. Aquella apertura atrajo a empresarios extranjeros, incluidos españoles, con la promesa de un modelo mixto. Pero en cuanto llegó el petróleo venezolano, el régimen dio marcha atrás y muchas inversiones acabaron en pérdidas. La sombra de la expropiación sigue ahí: no hay seguridad jurídica creíble mientras el poder siga en manos de una familia que ha controlado todos los chiringuitos, oficiales y extraoficiales. “Cuando tengan el capital, expropian” es el mantra de los que ya escucharon campanas. Y no falta quien señala que las medidas se anuncian sin tocar el monopolio político: cero libertades, cero separación de poderes.
El factor geopolítico y el pastel turístico
El giro no se entiende sin el contexto. La presión de la administración Trump, la caída de los aliados y el fin del conflicto en Irán (que ha desviado la atención de Washington) dejan a Cuba más sola que nunca. En paralelo, llama la atención que EE.UU. mantenga las sanciones mientras otras potencias miran hacia la isla. La canadiense Blue Diamond opera 65 hoteles en Cuba; Meliá, 15; Iberostar, 12. Y en la tercera mina de níquel del planeta, la canadiense Sherritt sigue presente. Es decir, hay intereses creados de sobra. La pregunta es si el régimen permitirá que el capital extranjero entre de verdad o si solo pretende vender humo mientras los Castro siguen moviendo los hilos.
Se menciona también el detalle bufo: en plena debacle, hay quien pregunta cómo afectará esto al precio de los puros. No es frivolidad: el tabaco es de los pocos productos que mantienen a Cuba en el mapa económico mundial.
Conclusión: capitalismo de salvación o trampa mortal
Con estos mimbres, lo único seguro es que el paquete de 176 medidas no resuelve la contradicción de fondo: un régimen que quiere capitalismo sin dejar de ser régimen. Si la apertura es real, el control político se tambalea. Si es falsa, la crisis seguirá. El tiempo dirá si estamos ante la transición cubana o ante el enésimo parche de una dictadura a la desesperada. Pero una cosa es cierta: el comunismo cubano, tal como lo conocimos, acaba de firmar su propio certificado de defunción.