Treinta años de medicina: la hepatitis C se cura, la vejez no
Un hombre de poco más de sesenta años. Meses después, un amigo de la familia de toda la vida, de los que vienen a casa. En los dos casos, la misma frase: lo sentimos, no se puede hacer nada. Quien lo vive saca una conclusión incómoda: seguimos muriendo a edades parecidas y de enfermedades que ya existían. La pregunta no es si la medicina sirve, sino si el modelo que la financia ha dejado de dar frutos.
La esperanza de vida se ha quedado plana y no es por falta de esfuerzo
En el primer mundo la esperanza de vida apenas se mueve desde hace años. El cuerpo tiene un techo y lo que quedaba por rascar ya no está en el quirófano: los cálculos que se manejan atribuyen más del 90% del aumento histórico de la esperanza de vida a la higiene, y a la medicina bastante menos. El resto vino de una ventana irrepetible —antibióticos, cirugía, tabaco, obstetricia— resumida en un símil doméstico: pasar del Escarabajo al Golf IV fue un salto; del Golf IV al VIII es acabado y pantalla.
Basta un recuerdo para medirlo. El pediatra que apagaba el cigarro en un cenicero lleno hasta arriba antes de coger el fonendo, con la consulta pareciendo un bar de puerto. Aquello era medicina de 1990. Nadie fuma ya en una consulta, y ese cambio, no una pastilla, es lo que más ha hecho por la salud pública en tres décadas.
Lo que sí se ha curado mientras nadie miraba
La fibrosis quística tenía hace treinta años una esperanza de vida de unos 25 años; hoy ronda los 65 porque su mortalidad se ha desplomado. La atrofia muscular espinal mataba a sus afectados siendo bebés y hoy prácticamente no se muere nadie. En algunas formas de piel de mar1 ha ocurrido lo mismo. La hepatitis C se cura, el VIH es una enfermedad crónica donde antes mataba en pocos años, y los anticoagulantes de acción directa —dabigatrán, apixabán, edoxabán, rivaroxabán— han cambiado el manejo de la fibrilación auricular. La inmunoterapia ha estirado supervivencias en varios cánceres y autoinmunes.
¿Por qué no se nota? Porque esos pacientes son pocos y porque quien muere a los 82 de una metástasis sigue muriendo a los 82 de una metástasis. El pogre se ha vuelto quirúrgico: enfermedad concreta, paciente concreto, resultado discreto. Ganar otros veinte años de esperanza de vida en bloque no está en ninguna hoja de ruta.
Tirar los dados cuesta una fortuna: el 92% se queda en nada
Solo el 8% de los compuestos que muestran algún principio activo llegan a comercializarse; el otro 92% se queda por el camino tras haberse comido el presupuesto. Las fases 3 y 4 de los ensayos exigen decenas o cientos de miles de pacientes, y un resultado tardío puede tumbar un tratamiento que prometía. A eso se suma que las patentes caducan: en cuanto expiran, cualquiera fabrica el genérico, y hay países —India, Pakistán, Argentina— que se limpian las patentes por la vía rápida.
Con ese panorama, la acusación de que la industria prefiere cronificar antes que curar choca con un dato incómodo: el 90% de los medicamentos los desarrollan farmacéuticas privadas, casi todas americanas, y la investigación pública hace de apoyo —presta el cromatógrafo carísimo que una compañía no va a comprar para una prueba puntual— cobrando en efectivo y no en royalties. Con cuatro grandes jugando, la competencia que empuja los avances llega más despacio. No es sabotaje; es concentración.
El agujero que no tapa ningún ensayo clínico
Queda un límite que se ve mejor en la consulta que en el laboratorio. La gente que vive sola muere antes, y no por falta de fármacos: se lía con las pastillas, deja de ir a la farmacia, no pide cita. Hay tumores detectados a tiempo porque un descendiente insistió, y tumores detectados pagando consulta privada, porque a partir de cierta edad las mamografías preventivas dejan de hacerse. La familia hace de triaje donde el sistema no llega, y cada vez hay menos familia.
Ahí está el dato que descoloca: la sanidad ha mejorado tanto que ya solo se nota cuando falta.