Lo que vuelve tras las elecciones: peajes, ZBE y más impuestos
El debate no es si subirán los impuestos, sino cuándo y a quién. En una discusión que acumula más de un centenar de respuestas, la coincidencia es casi unánime: gane quien gane, la presión fiscal sobre el contribuyente medio no bajará. La primera predicción que aparece es la más obvia y la más repetida:
más impuestos. Le siguen los peajes en autovías, la implantación definitiva de las zonas de bajas emisiones y una lista de recortes que nadie concreta pero que todos dan por segura.
La conversación arranca con una tesis provocadora: hay cosas que desaparecen del espacio público durante la campaña y regresan puntualmente después. Fumigaciones aéreas, grandes incendios forestales, pobreza energética. La lista se amplía con
el gatopardismo, esa idea de que todo cambie para que nada cambie, y con el procedimiento de déficit excesivo que Bruselas mantiene en la recámara.
¿Qué impuestos y peajes volverán después de las elecciones?
La respuesta más repetida es que la presión fiscal no bajará. Se apunta a una subida del IVA general hasta el 25% y del reducido hasta el 10%, aunque ninguna de esas cifras procede de un documento oficial citado en la conversación. También se mencionan los peajes en autovías, con un argumento que se repite: se optará por la solución más complicada y cara de implementar. Y las zonas de bajas emisiones, que en ciudades como Barcelona ya cubren toda la ciudad, se extenderán a más municipios.
Hay quien sostiene que los recortes no son tales, sino subidas de impuestos disfrazadas. El ejemplo que se pone es el cambio en el sistema de cotización de los autónomos: no es un recorte, es un aumento de la carga. Un recorte sería bajar el sueldo a los funcionarios. La distinción no es menor, porque el lenguaje político tiende a mezclar ambas cosas.
La deuda pública que no se paga ni en siglos
Uno de los datos más concretos que aparecen en la discusión es la cifra de
deuda pública:
1.505.054.658.456 euros. Esa cantidad, se argumenta, no incluye el endeudamiento total de todas las administraciones. El cálculo que se desliza es que, aunque se aplicara una austeridad extrema, la deuda no se pagaría en siglos. La conclusión que extrae quien lo plantea es incómoda: para qué ser austero si los hijos de tus hijos seguirán pagando.
La réplica llega desde otro ángulo: cuanto más deuda haya, peores servicios, pensiones más bajas y más tiempo cotizando. Los intereses se pagan cada mes, y con los tipos de interés en niveles elevados, cada subida encarece el servicio de la deuda. El debate deriva hacia si la solución es eliminar impuestos y financiarse solo con deuda, una hipótesis que nadie defiende en serio pero que sirve para tensar el argumento.
¿Volverán las huelgas y las manifestaciones tras las elecciones?
La predicción es que sí. Se espera el regreso de los sindicatos a la calle, las huelgas generales y las protestas por hambre infantil y explotación laboral. También la alerta antifascista, que aparece como una de las cosas que volverán. Y las manifestaciones contra el gobierno de turno, sean cuales sean los resultados.
El patrón que se describe es circular: el partido que está en la oposición promete el cambio, lo gana todo y después la ciudadanía se cansa. Dentro de cuatro años, el PSOE volverá a prometer el cambio y la gente estará harta del gobierno del PP. La soberanía, se dice, hace mucho que no recae en el pueblo, al que solo convocan cada cierto tiempo para legitimar sus decisiones.
El calendario que nadie discute: vacaciones y parón
Hay un consenso que atraviesa toda la conversación: después de las elecciones, los políticos se irán de vacaciones. Durante casi un mes, los problemas de España parecerán desaparecer. Es un periodo de serenidad que se repite cada año y que dura unas tres semanas. Después volverán las señorías y con ellas el caos, el despilfarro y los enfrentamientos.
La hipótesis que se maneja es que ningún grupo sacará lo suficiente para gobernar, como ya ocurrió en 2015. Se pasarán la patata caliente y, con suerte, habrá otras elecciones después de Navidades. Lo mejor que podría pasar, se afirma, sería tener un gobierno en funciones que no legisle en contra de nadie.
La lista de lo que vuelve es larga y variada: la pobreza energética, infantil y menstrual; la marea negra; el no a la guerra; el «no nos merecemos un gobierno que mienta»; las banderas victoriosas; el fútbol. También las mentiras y las promesas incumplidas, que nunca se fueron. Y el calor, la sequía, los precios disparados, el paro, la inflación y las cipotecas. El dato que descoloca no es ninguno de esos. Es que, después de todo, el contador de la deuda sigue subiendo y nadie ha explicado cómo se para.