El pregón en euskera de Bilbao: la trinchera identitaria tiene factura y demografía
Un pregón íntegro en euskera, con guiños al colectivo trans, al antirracismo y a Palestina, ha vuelto a convertir las fiestas de Bilbao en campo de batalla ideológico. Pero cuando se apaga la polémica, la discusión económica de fondo sigue ahí: ¿cuánto cuesta sostener un modelo identitario que, visto desde fuera, parece una trinchera? Los datos de población del País Vasco añaden sal a la herida.
El euskera y su inversión pública: una lengua que no se habla en la calle
Quienes defienden el pregón lo presentan como una reivindicación cultural. Los críticos, sin embargo, ponen el foco en la distancia entre el euskera institucional y el que se usa en la calle. Se argumenta que en Bilbao, y en la práctica totalidad del eje metropolitano, el euskera apenas se escucha en el día a día, y que la inversión para su normalización se cuantifica en cientos de millones de euros anuales. El choque entre el relato oficial y la realidad cotidiana es el telón de fondo del malestar.
Demografía vasca: los números no cuadran con el relato
Más allá de la lengua, el dato que da título a esta pieza es demográfico. En 2024, según los datos que circulan con los mensajes, hubo 22.397 defunciones y 12.950 nacimientos en el País Vasco. De esos nacimientos, 4.400 eran de madre foránea. La comunidad autónoma no pierde población, pero la composición cambia a toda velocidad: en el último año ganó 10.000 habitantes mientras que los nacidos en España se redujeron en la misma cifra, con unos 20.000 nuevos residentes extranjeros.
La conclusión que algunos extraen es simple: por cada 100 vascos que fallecen, solo unos 35 son de ascendencia española. Los otros 65 son reemplazados por población extranjera o de origen extranjero. Es una dinámica que tensiona el debate sobre la identidad, pero también sobre la sostenibilidad de las pensiones y el mercado laboral.
La identidad como lujo: crispación con impacto económico
El pregón ha servido de catalizador para un descontento que se expresa en clave identitaria, pero cuyas raíces acaban siendo materiales. La política de normalización lingüística, el discurso anticolonialista y la reivindicación trans-inclusiva se ven como parte de un mismo bloque hegemónico, financiado con dinero público. Frente a eso, una corriente minoritaria pero ruidosa defiende que, con los datos de sustitución poblacional en la mano, el modelo es insostenible a medio plazo.
Lo curioso es que nadie pone en duda la cifra macro: el País Vasco tiene una tasa de natalidad inferior a la de reposición y, sin inmigración, su población se derrumbaría. Esa realidad, combinada con el orgullo lingüístico, produce una combinación peculiar: una comunidad que se ve a sí misma en riesgo de extinción mientras su composición real cambia a toda velocidad.
El dato que descoloca es el que cierra cualquier conversación sobre el futuro: 65 de cada 100 vascos que fallecen son sustituidos por personas que no tienen raíces españolas. La próxima vez que alguien hable del “pregón identitario”, quizá valga la pena recordarle que la identidad también se mide en cifras.