La falacia recurrente de abandonar el euro
Cada cierto tiempo resurge el mismo espejismo: dejar el euro para recuperar la capacidad de devaluar la moneda. Quienes lo defienden suelen presentarlo como una solución mágica para la economía, pero el rastro de países que lo intentaron acaba siempre en hiperinflación y empobrecimiento generalizado. La pregunta no es retórica: ¿qué hay detrás de esa insistencia?
El argumento de la devaluación competitiva
La idea central de los partidarios de la salida es que, con una moneda propia como la peseta, se podría devaluar para abaratar las exportaciones. Suena bien sobre el papel, pero la historia demuestra que el 99% de la población acaba pagando el pato. La devaluación no es una política industrial; es un impuesto silencioso sobre el poder adquisitivo de los salarios. Los exportadores ganan, las familias pierden.
La inflación de la que no hablan
La inflación actual no la ha provocado el euro, sino las políticas expansivas y la especulación en los mercados. Quienes añoran la peseta parecen olvidar que, con ella, las crisis se traducían en espirales inflacionistas que devoraban los ahorros. El euro, con todos sus defectos, ha servido de ancla frente a esos episodios. Decir lo contrario es ignorar la evidencia o tener intereses muy concretos.
En el extremo opuesto, hay quienes señalan que el euro ni ha sido la panacea ni ha protegido de la pérdida de poder de compra. Pero sustituirlo por una moneda manejada políticamente sería un salto al vacío. La lección de Venezuela no es exportable, pero sirve de advertencia: cuando la política monetaria se subordina a la demagogia, el desastre está asegurado.
El euro no es perfecto, pero la alternativa conocida es peor. El debate, en el fondo, no es sobre monedas, sino sobre quién paga los platos rotos. Y la historia ya ha dado la respuesta.
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