El manual de oficina que confunde un teclado rápido con un depredador
Un manual satírico para detectar a un adicto al sexo en el trabajo ha circulado en los últimos cuatro días con dos indicios estrella: el compañero que teclea a velocidad de vértigo cerrando 45 pestañas de incógnito en cuanto alguien pasa por detrás y el que visita el baño cada 15 minutos. Con ese material, ningún diagnóstico se sostiene. Lo jugoso llegó después: el interés se desplazó hacia quién había escrito el texto, no hacia la conducta que decía perseguir.
El primer reparo que recibió no apuntaba a ningún compañero de mesa, sino a su factura: listas, negritas, un «código rojo» de manual y una coletilla final que remite a consultar a un profesional. El molde del generador automático. Que un texto sobre cómo leer a las personas se delate por su sintaxis es la ironía aprovechable del asunto.
¿Por qué las señales de oficina no identifican a nadie?
Porque ninguna es un síntoma clínico ni una prueba de conducta. Un móvil boca abajo no señala a un depredador: señala que su dueño no quiere que le vean la pantalla. El teclado rápido mide soltura mecanográfica y la vejiga hiperactiva mide hidratación. Convertir eso en un perfil es el mismo salto que confundir timidez con desinterés.
La frontera que el texto presume de trazar es justo la que se rompe. Se sostiene que el pesado no es el que liga, sino el que lo cuenta después; enfrente está el argumento de que quien presume en la barra del bar suele ser precisamente el pesado. Ambas cosas pueden ser ciertas y ninguna permite un protocolo.
Se termina identificando al que resulta incómodo, no al que comete algo. Y lo incómodo es un juicio del observador, no un dato del observado. Quien busque un método fiable para detectar a un adicto al sexo en el trabajo se queda, al final, con una lista de gestos que describen a media plantilla.