Cordero nacional o de importación: la cena empieza en el origen
Una chuleta de pierna de cordero, un tomate tipo pera, un plátano de Canarias y pan. Eso es todo lo que hay sobre la mesa, y con eso ya arranca la pregunta de siempre: ¿de dónde sale esa carne? La comparación entre cordero nacional y piezas de Australia, Nueva Zelanda, Grecia o Rumanía aparece en la conversación.
¿Es igual un cordero nacional que uno de importación?
Hay quien sostiene que las piezas que se ven son nacionales, sin más. Frente a eso, la duda sobre el cordero australiano, neozelandés, griego o rumano planea en la conversación sin que nadie aporte una prueba de sabor. El argumento territorial aparece: se reivindica el cordero de Castellón, el que entra por el puerto, como el clásico de toda la vida. La alimentación del animal también se pone encima de la mesa: alfalfa, pienso de Kalidac y algo de paja como base de una carne que, según defienden algunos, sale más sabrosa. Nadie cuantifica. Es la parte donde el análisis se queda atascado.
Sal yodada, pimienta o especia mora: qué se le echa al cordero
La segunda grieta es el condimento. Una corriente defiende el minimalismo absoluto: nada, solo sal yodada. La contraria propone especiar la pieza con una especia aromática que, aseguran, le da un toque delicioso. En medio, la pregunta de manual: ¿nunca pimienta negra, ajo o perejil? El desacuerdo no es sobre técnica, es sobre si el cordero nacional necesita algo más que sal.
Con el plato terminado, la pregunta sigue abierta: ¿cambia el sabor según el origen? Nadie lo cierra.