El catedrático de Irene Montero y la resiliencia como privilegio
Su consejo suena a verdad: cambia de vida, tómate un año sabático, haz un curso, deja el trabajo que te asfixia. Pero el profesor universitario jubilado que enseñó a Irene Montero en sus años mozos está recibiendo más palos que halagos. Y no por lo que dice, sino por desde dónde lo dice.
Hay quien le escucha con respeto: un hombre libre, sin ataduras, que habla desde la experiencia. Otros ven a un parásito del sistema con pensión premium animando a incautos a tirar su vida por la borda. La crítica es afilada: la resiliencia, ese discurso de “ajo y agua y menos miedo a coger el toro por los cuernos”, no cura un TOC ni un dolor crónico. Y quien la predica desde la seguridad económica no entiende que el que sigue en el barco no siempre decide soltar amarras.
Detrás del rifirrafe hay una incomodidad de fondo. Cuando encima de la mesa está “el marrón que se nos viene encima”, la autoayuda suena a basura resiliencística, a empujar al individuo para que asuma en soledad lo que debiera ser problema colectivo. El catedrático tiene una ventaja que no menciona: la nómina pública garantizada. El que cobra una pensión premium puede permitirse plantarle cara a la rutina; el que come del mes a mes, no.
El debate seguirá mientras exista ese desfase entre quien predica el cambio y quien no tiene red. La próxima vez que un jubilado con pensión asegurada suelte una perla motivacional, la respuesta será previsible: la verdad, según se mire, pesa distinto según la cuenta corriente. Y no parece que esa brecha vaya a cerrarse pronto.