Diada 2026: 45.000 asistentes y un independentismo en guerra interna
El independentismo catalán ya no necesita al Estado para pelearse: le basta consigo mismo. La manifestación del 11 de septiembre de 2026 en Barcelona reunió a unas 45.000 personas, y lo llamativo no fue la cifra, sino la estampa: independentistas de izquierda y simpatizantes de Alianza Catalana encarados en plena calle mientras ERC, Junts, la ANC y Òmnium intentaban sostener la compostura institucional. El relato del todos contra todos tiene fundamento. También tiene matices que conviene mirar antes de darlo por bueno.
Cuánta gente va hoy a la Diada: la curva que nadie quiere mirar
Los recuentos que se manejan dibujan una caída sin épica. En 2015 se contaron 1.400.000 asistentes; en 2016, 875.000; en 2017 y 2018, un millón en cada convocatoria; en 2019, 600.000. Tras el paréntesis de 2020, el descenso se aceleró: 108.000 en 2021, 150.000 en 2022, 115.000 en 2023, 60.000 en 2024 y un suelo de 28.000 en 2025. Los 45.000 de este año suponen un rebote respecto al ejercicio anterior, pero dejan la convocatoria alrededor de un 97% por debajo del pico de hace once años.
Ninguna dirección orgánica quiere poner esa serie en un gráfico. El problema no es un mal año: es una tendencia que atraviesa tres ciclos políticos distintos sin corregirse. Y la lectura interesada —que el independentismo se ha quedado sin gente— choca con otra evidencia: sigue habiendo decenas de miles dispuestas a salir a la calle un 11 de septiembre, solo que ya no comparten pancarta.
Alianza Catalana, el partido que ha roto el tablero
El factor que ha cambiado la partida se llama Alianza Catalana. Las encuestas que se citan le otorgan ya la segunda posición del espacio independentista y algún sondeo la coloca por delante de formaciones que hace tres años parecían intocables. Su líder, Silvia Orriols, ha construido un discurso que combina la reivindicación soberanista con una línea dura en inmi gración y seguridad, y que sus rivales califican sin ambages de radical.
El flanco por el que la atacan es económico: sus adversarios le atribuyen la intención de adelgazar la sanidad pública, mientras su electorado lee lo mismo como una promesa de recortar aparato. Sea cual sea la interpretación correcta, el efecto es el mismo: un votante que antes no tenía a quién votar sin tragarse el relato oficial ahora sí lo tiene, y eso rompe la geometría de ERC y Junts.
La bandera quemada y el choque en la calle
La jornada dejó imágenes que no encajan con la fiesta plural que se vende desde los atriles. Circulan vídeos de una bandera de España quemada en un acto convocado al calor de la fecha, y de enfrentamientos verbales —y algún forcejeo— entre grupos que sobre el papel deberían ser el mismo bando. Desde el otro lado del espejo, la lectura es la contraria: lo anómalo no es el choque, sino que una sociedad que se presume tolerante tardara tanto en reconocer su propia fractura interna.
El resultado es un día que ya no sirve ni para demostrar fuerza ni para exhibir unidad. Sirve para grabar vídeos.
Qué cuesta mantener el relato
La pelea tiene una factura que no sale en los telediarios. Sostener el entramado de medios públicos, fundaciones, plataformas y entes dependientes del presupuesto tiene un coste que se reparte entre todos los contribuyentes, incluidos los que no comulgan. Y un tablero fragmentado encarece cualquier mayoría: cada socio nuevo sube el precio del apoyo parlamentario.
Hay quien sostiene que esa inestabilidad lastra la previsión de inversión empresarial; enfrente se argumenta que el ruido político nunca ha impedido que Cataluña lidere exportaciones. Un detalle más revelador que cualquier informe: hay quien aprovecha el 11 de septiembre para visitar Barcelona precisamente porque es el día en que menos gente hay en la calle.
Lo probable, con la información disponible, es que la próxima Diada vuelva a ser más pequeña y más ruidosa: menos gente caminando y más aspaviento en los platós. La reserva es obvia. Un movimiento que pasó de 1,4 millones de personas a 45.000 no muere por falta de fieles, sino por exceso de dueños, y esa clase de heridas a veces cicatriza con un liderazgo nuevo que hoy nadie sabe nombrar.