Carajillo: ¿whisky o coñac? La batalla de la sobremesa
Un café solo, un chorro de alcohol y una decisión que divide a los españoles. El carajillo, ese digestivo que cierra comidas y abre sobremesas, tiene dos escuelas irreconciliables: los del whisky y los del coñac (o brandy). La disputa no es nueva, pero cada cual defiende su fórmula con una convicción que roza lo dogmático.
La tradición del brandy quemado
El bando clásico apuesta por brandy o coñac, a ser posible ligeramente flameado, con dos granos de café y una cáscara de limón. Es la versión que se toma antes de ir a la cama, “para sudarla”, y que algunos consideran la única aceptable. El orujo también tiene sus defensores, aunque con menos predicamento.
El whisky, el intruso afianzado
En la otra esquina, el whisky –sobre todo marcas populares como JB o Ballantines, o el genérico de supermercado– se ha ganado un hueco en el carajillo. Sus partidarios lo consideran más suave y menos empalagoso. “Dejaos de mariconadas de whisky”, les replican los puristas, con un desprecio que delata lo encarnado del debate.
Alternativas heterodoxas y una advertencia
Hay quien prefiere ron quemado con azúcar moreno, café y limón, o incluso una copita de anís. Pero la nota discordante llega con un consejo médico: “Cuidado no echéis mucho, cuidad vuestro corazón mientras podáis”. La sabiduría popular, nunca exenta de ironía, también recomienda un poco de “vitamina T” (alcohol) para enjuagar el vaso.
En definitiva, el carajillo sigue siendo un campo de batalla donde el paladar y la tradición chocan. La receta perfecta, como la sobremesa, nunca se acaba de escribir.
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