Un chef que prueba sus salsas y acaba con diarrea: la autoexigencia en la restauración
En la rutina de una cocina profesional, probar no es opcional: es una obligación no escrita. El cocinero debe ser el primer catador de lo que sale al público. Hasta ahí, tradición. El problema es cuando la tradición se convierte en un atajo hacia la intoxicación alimentaria. La escena que describe una cocinera recientemente lo resume: tras probar las nuevas salsas incorporadas al menú, se despierta a las cinco de la madrugada con diarrea. Y aun así acude al tajo. Dos veces, porque también se encarga del segundo local.
El episodio tiene miga. La propia sala de máquinas de la hostelería se autorregula de la única manera que sabe: comiendo lo que produce. No hay laboratorio que valga, ni protocolo de seguridad que se interponga entre el gusto y el estómago. Y ese estómago paga las consecuencias. Pero el cuerpo protesta, y la respuesta es la misma que en tantas pymes: se aprieta y se aguanta. Con la boca seca y los intestinos en pie de guerra.
Detrás de la anécdota asoman dos asuntos de fondo. El primero, la salud laboral en un sector donde la baja no existe porque no hay quien cubra el turno. El segundo, la distancia entre la seguridad alimentaria de manual y la práctica real de los pequeños establecimientos. Mientras tanto, en Zaragoza, en Madrid o en cualquier provincia, la mañana es fría y el frío se combate con calefactores de oficina, no con reposo. Así, el que más arriesga es quien cocina, que es justo el que no puede dejar de cocinar.
La pregunta incómoda queda flotando: ¿cuántos cocineros se han intoxicado a sí mismos para no fallar al cliente? No hay cifras, pero el número, seguro, tiene más ceros que los que la carta se atreve a mostrar.