El plan de Marruecos para tomar Ceuta en cinco horas, bajo la lupa
Dos horas, cinco horas. Es el tiempo que, según una información difundida por La Gaceta, necesitaría el ejército marroquí para hacerse con Ceuta y Melilla. La cifra ha reavivado la tensión en la frontera y ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuánto hay de plan real y cuánto de ruido interesado? La noticia, que cita fuentes militares marroquíes, sostiene que el rey Mohamed VI estaría esperando la orden para lanzar una operación que se habría ensayado hace unos días durante un incidente en la valla, resuelto en 48 horas.
La información que alimenta la alarma
El artículo de La Gaceta, medio vinculado a la Fundación Disenso, el think tank de Vox, no ofrece confirmación oficial ni documentos. Habla de un plan propagandeado desde instancias militares de Rabat y de una respuesta española que califica de mediocre. A partir de ahí, el relato se dispara: desde quienes lo interpretan como una amenaza real hasta los que lo leen como una operación de presión política contra el Gobierno en plena legislatura.
El análisis no se queda en la verosimilitud de la fecha. Los argumentos económicos ocupan buena parte del asunto. Hay quien recuerda que Marruecos no actúa por impulsos y que su élite calcula con precisión los costes. El precedente de la Marcha Verde basta como advertencia: acabó en un conflicto enquistado en el Sáhara durante cincuenta años, con un drenaje constante para las cuentas del Estado alauita. Invadir dos ciudades españolas, con la OTAN y la UE por medio, sería otra apuesta de consecuencias imprevisibles.
La dependencia que ata a Marruecos
El dato que más peso tiene en el análisis es la interdependencia económica. Según las cifras que circulan, alrededor del 20% del producto interior bruto de Marruecos depende del comercio con España. A eso se suman las remesas de la diáspora marroquí, el turismo español y la inversión de grandes empresas. Atacar Ceuta y Melilla bloquearía ese flujo en cuestión de días, incluso aunque el Gobierno español no movilizara al ejército. Para una élite que necesita estabilidad y divisas, el coste no cuadra con el beneficio.
Esa es la tesis de quienes consideran que una invasión militar es un escenario extremo. La estrategia más probable sería continuar con la presión migratoria: oleadas de entrada en la valla, caos controlado y desgaste de la población local hasta que las soluciones de compromiso se parezcan a un protectorado. Es un guion que se describe en varios análisis como una progresión en cuatro pasos, de la inestabilidad a la pérdida de control efectivo.
Geopolítica: entre la OTAN y los vacíos de la diplomacia
La cuestión también roza la coherencia de la política exterior española. Mientras el Gobierno califica a Marruecos de aliado fiable, el ministro de Justicia marroquí ha reivindicado abiertamente la soberanía sobre las dos ciudades. Y mientras España retira embajadores por desaires en Argentina o mantiene vacante la embajada en Israel, no ha hecho lo mismo con países que cuestionan directamente su integridad territorial. Esa asimetría alimenta la percepción de debilidad, la misma que alimenta el runrún sobre una posible intervención.
La OTAN aparece en el centro del análisis. Hay quien sostiene que el despliegue de efectivos en el flanco báltico deja desguarnecida la frontera sur; otros responden que una agresión a un país miembro activaría el artículo 5, y que Rabat lo sabe. En uno y otro caso, pocos esperan que la situación se resuelva pronto. La amenaza, verosímil o no, ya está en la agenda pública y tiene un efecto claro: recordar que Ceuta y Melilla llevan décadas siendo la llave de la relación bilateral, y que el precio de ignorar la asimetría estratégica se paga en el territorio más pequeño de Europa.