Colau y el pacto que entregó la alcaldía a Collboni
Ada Colau se encaró con el público asistente al pleno del Ayuntamiento de Barcelona y llamó «hooligans» a los presentes, según el relato de un participante en la discusión. Ocurrió en la sesión en la que la alcaldesa saliente, después de ocho años en el cargo, veía cómo el bastón de mando quedaba en manos de Jaume Collboni. La escena tuvo de todo: un ataque previo a Vox, un aviso sobre un boicot y un pin con la bandera del arcoíris que ella misma se tocó mientras hablaba.
El remate llegó al final. Colau aireó en el pleno una supuesta propuesta de pacto que, según su relato, le habría hecho Collboni para llevarse los votos del PP y después hacer lo que le saliera. La acusación se lanzó en voz alta y, según el relato de quien la escuchó, sin documento a la vista, y apunta directa a la maniobra que dejó a Xavier Trias sin la alcaldía que las urnas parecían haberle puesto en la mano.
Qué pasó en el pleno de Barcelona
La descripción que se hace de la intervención es la de alguien con el tono roto: voz hiperventilada, rabia contenida y una visible incapacidad de aceptar el resultado. Primero el ataque a Vox, después el aviso de boicot y, por último, el cuerpo a cuerpo con los asistentes ante los murmullos del público.
Hay quien lo lee como un simple arrebato y quien sostiene que es la foto definitiva de una manera de hacer política: la que convierte cada pleno en un mitin y cada discrepancia en una agresión moral. Ocho años dan para mucho, y perder la poltrona de golpe, en directo y con las cámaras delante, es un correctivo difícil de digerir. Que la reacción sea llamar hooligans a los ciudadanos que han ido a mirar dice bastante del punto en el que está el personaje.
Por qué Trias no es alcalde y Collboni sí
El punto de partida daba por hecho que Trias sería alcalde. No lo fue. El análisis que circula sobre el desenlace señala dos errores encadenados: una campaña alejada del independentismo y un intento posterior de gobernar en minoría con ERC, lo que cerró la puerta a cualquier acuerdo por el otro flanco. Faltaron inteligencia y agallas, y sobró soberbia, resumen quienes siguieron la negociación de cerca. El resultado es un consistorio donde el cambio prometido se queda en el cambio de sillas.
Trias tampoco se cubrió de gloria en el cierre: según relatan quienes siguieron la sesión, se despidió en catalán con un «que os den» antes de dejar el sitio. La política municipal catalana lleva tiempo funcionando como un ajuste de cuentas entre familias que se conocen demasiado bien.
El cambio que no cambia: seguridad ciudadana
Aquí está el dato que desmonta el relato del giro. El área de seguridad ciudadana del consistorio la va a llevar Albert Batlle, el mismo socialista que la ha gestionado hasta hoy, con Colau de alcaldesa. Es decir, quien pedía un cambio profundo en las calles de Barcelona va a tener exactamente al mismo responsable de las calles de Barcelona. El cambio es de cartel, no de política.
En el debe de estos años se apunta a una gestión que llegó a declarar a los ocupantes «colectivo vulnerable», un marco que, según se argumenta, acaba pesando más sobre la propiedad privada y la seguridad jurídica que sobre la ocupación en sí. El desacuerdo sigue abierto, y ninguna de las dos partes ha presentado una cifra que lo cierre.
El balance económico de ocho años que nadie firma igual
El repaso a la gestión es donde la discusión se vuelve económica. Se mencionan la peor cobertura sanitaria y la peor atención pública que algunos recuerdan, la mayor precariedad laboral conocida —jornadas interminables y contratos basura—, una inflación que se percibe peor que la de años anteriores, impuestos nuevos por todas partes y trámites que se han convertido en una odisea. Es la lista de agravios de quien vive de nómina en la ciudad.
Enfrente aparece el argumento contrario: que el PP y Vox se mueven en el 15% del voto en
Cataluña y que el castigo a Colau es, sobre todo, un ajuste entre partidos. Incluso se lanza una acusación más gruesa: que antes de unas elecciones se habría montado una operación periodística con documentos falsificados y ayuda de servicios de inteligencia para atribuirle dinero escondido en Andorra. Nada de eso consta acreditado en el material disponible; se trata de una imputación sin respaldo documental en esta discusión.
Sobre el terreno se apunta un detalle que no encaja con la épica del cambio: la sauna Casanova ha reabierto justo cuando Collboni entra de alcalde, después de la movida que hubo allí. Y para quien aún se plantee volver, un dato que descoloca: hay quien ya ha marcado fecha y no piensa pisar Barcelona hasta junio de 2033.