La quimera de cargar baterías en el trabajo para ahorrar en casa
Un oficinista con movilidad entre despachos vacíos planteó la idea de almacenar electricidad en una batería portátil para luego usarla en su radiador doméstico. La respuesta fue unánime: inviable, peligrosa y, en el mejor de los casos, ridículamente cara.
El peso de la realidad energética
Para almacenar energía suficiente que caliente un radiador eléctrico unas horas, haría falta un banco de baterías de plomo-ácido de aproximadamente 1.000 kg. Cifra nada poco apreciable, que además habría que arrastrar cada día entre oficina y casa. A eso se suma el coste de adquisición: miles de euros que tardarían décadas en amortizarse con el ahorro de un par de euros diarios. La relación peso-energía de las baterías convencionales lo descarta por completo.
El problema ético (y de candados)
La idea de usar enchufes ajenos sin permiso roza lo ilegal. Algunos comentaristas anticiparon que, con la llegada del coche eléctrico, las empresas empezarían a instalar candados en los enchufes. De hecho, ya hay sistemas de domótica que cortan la corriente a las tomas fuera del horario laboral, por algo será. Lo que empezó como una inocente pregunta se convirtió en un debate sobre el límite entre picaresca y delito.
Pero el dato que descoloca es otro: aunque se pudiera, el ahorro sería mínimo. Un radiador de 2.000 W durante cuatro horas consume 8 kWh. A 0,15 €/kWh, son 1,20 € al día. Con una batería de 1000 kg que cuesta 2.000 €, la recuperación de la inversión llevaría más de cuatro años... si la batería no muere antes. La cuenta no sale.
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