Perros en restaurantes: el conflicto que ahuyenta a los clientes y divide a la hostelería
La experiencia de un cliente que abandonó un restaurante al sentar a un perro a tres metros de su mesa ha reabierto el debate sobre la convivencia entre animales y comensales en los establecimientos de hostelería. El incidente, ocurrido en una terraza cubierta, enfrenta a quienes defienden el derecho a acudir con mascotas y quienes consideran una cuestión de higiene y tranquilidad.
Un cliente abandona el local por la presencia de un perro inquieto
Según relata el afectado, estaba degustando un bacalao horneado cuando la camarera lo ubicó en una sala interior —la terraza, dijo, era solo para tapas—. Al poco, entraron dos personas con un perro que no paraba de moverse y lo colocaron a escasa distancia de su mesa. "La simple presencia me da asco, por muy bien que se porte", explica. "No quiero comer junto a animales". Tras la incomodidad, se levantó y se fue, dejando el plato a medias.
El incidente no es aislado. En foros de consumo se repiten quejas similares: perros que ladran, se sientan en sofás donde luego se sientan personas, o son alimentados en la mesa. Una estimación no científica calcula que la probabilidad de que un perro "joda la consumición" en una terraza es de 3 sobre 10, aunque no hay datos oficiales.
La batalla por la normativa y la higiene
La legislación sobre perros en restaurantes es confusa. Mientras comunidades autónomas como Madrid permiten la entrada de animales si el local lo autoriza, la normativa higiénico-sanitaria de la UE exige que los animales no entren en zonas donde se manipulan alimentos. En la práctica, muchos bares anuncian "pet friendly" sin aclarar si el perro puede sentarse en una silla o lamer platos.
Los defensores de la medida argumentan que los dueños de perros gastan más y son clientes fieles. "La gente con perros se deja más dinero", sostienen. "En mi trabajo los perros son bienvenidos. A los vinagres no os quieren en ningún sitio". Por el contrario, los críticos señalan que la presencia de animales ahuyenta a otros clientes. "Si hay perros, mucha gente intentamos evitar entrar a consumir", afirma un comensal. "Si la ley permite entrar a un perro, también me permite a mí consumir en otro lugar".
El dilema del hostelero: ¿a quién complacer?
Para el sector, la decisión es económica. Un estudio del sector revela que los establecimientos que admiten perros incrementan su clientela hasta un 15%, pero pierden hasta un 20% de los que no quieren animales. El perfil del cliente que se va es similar al del que se queda: ambos valoran la experiencia gastronómica, pero difieren en la tolerancia a los canes.
En el debate también se cuela la comparación con los niños. "Un perro tumbado que no molesta es preferible a cinco niños gritando", opina un usuario. Pero otro replica: "Los niños son personas; todos hemos sido niños. Estás mal de la cabeza si comparas". La discusión derivó, en algunos casos, hacia posiciones radicales que piden la prohibición total o, en el extremo opuesto, la expulsión de quienes no aceptan perros.
¿Hacia una regulación más clara?
La situación actual es de indefinición. Sanidad no se pronuncia sobre si un perro sentado en una silla o sofá incumple la normativa alimentaria, y los ayuntamientos miran hacia otro lado. Algunos abogan por denunciar a los locales que permiten animales en zonas de comedor, mientras otros proponen que los restaurantes señalicen claramente su política con perros, como ya hacen con el tabaco.
Mientras tanto, el cliente que se fue del restaurante concluye: "A partir de ahora preguntaré si permiten perros y si permiten fumar. Si me dicen que sí a alguna, me largo". Una advertencia que la hostelería no puede ignorar en un sector donde la competencia por el cliente es feroz y las redes sociales amplifican cada queja.