Proposiciones para un asesino en serie: anatomía de un fenómeno
Un asesino en serie de mujeres, condenado y con la cara tatuada, acumula proposiciones de mujeres que quieren acostarse con él, según se afirma en un hilo de foro. El dato, difundido en redes, ha reventado los termómetros de la conversación pública: no es una excepción estadística, es un patrón documentado que la criminología llama hibristofilia. La atracción sexual hacia quien ha cometido crímenes violentos tiene nombre, literatura académica y una legión de casos mediáticos que van de Charles Manson a Ted Bundy. La novedad no es el fenómeno. La novedad es la escala.
Las cartas no son un error de cálculo. Son una muestra. Y cuando la muestra se hace pública, la sociedad se mira al espejo y no siempre le gusta lo que ve.
Qué es la hibristofilia y por qué no es un invento de internet
La hibristofilia se define como la atracción sexual hacia personas que han cometido delitos graves, especialmente asesinos. El término circula en psiquiatría forense desde hace décadas, aunque su presencia mediática sea reciente. No es una moda ni una pose: hay casos documentados de mujeres que se han casado con condenados por homicidio, han tenido hijos con ellos y han sostenido correspondencia durante años.
La atracción no es hacia el crimen en abstracto, sino hacia el poder, la notoriedad o la supuesta capacidad de proteger que se atribuye al violento.
En el caso que nos ocupa, el sujeto acumula condenas por asesinato y un aspecto físico que, según varios comentarios, incluye tatuajes faciales.
No es precisamente un galán de portada, pero eso no ha frenado las proposiciones. Al contrario: algunos análisis sugieren que el contraste entre la fealdad y la fama criminal actúa como amplificador.
La rareza del perfil lo convierte en un objeto de deseo más intenso, no menos.El argumento evolutivo: genes violentos como herencia deseable
Una de las líneas de análisis más repetidas sostiene que la atracción por el macho violento tiene raíces evolutivas. En entornos hostiles, los genes de un agresor podrían haber garantizado la supervivencia de la descendencia.
La violencia se interpreta como un recurso adaptativo, no como un defecto. Bajo esa lógica, la mujer que se siente atraída por un asesino no estaría fallando, sino activando un instinto ancestral.
El argumento tiene miga, pero también grietas. La conducta humana moderna no opera con la misma lógica que una sabana del pleistoceno.
Confundir una pulsión ancestral con una estrategia consciente es un salto lógico. La mayoría de quienes escriben a un preso no hacen un análisis coste-beneficio genético; actúan por impulso, por emoción o por el morbo que genera la fama criminal. El darwinismo aplicado con calzador a conductas contemporáneas suele acabar en justificación de lo injustificable.
La biología no es destino, pero tampoco es excusa. Y quienes la usan para explicar el fenómeno deberían explicar también por qué la mayoría de las mujeres no siente esa atracción.
El caso español: precedentes que desmontan la sorpresa
No hace falta irse a Estados Unidos para encontrar ejemplos.
En España hay casos documentados de condenadas por delitos graves que recibieron proposiciones y hasta embarazos durante su estancia en prisión. Uno de los más citados es el de una mujer condenada por instigar el asesinato de su marido, que no tardó en encontrar pareja entre quienes conocían su historial. Otro caso sonado es el de una actriz estadounidense condenada por agredir a su pareja, que generó una oleada de interés entre hombres españoles cuando se rumoreó su presencia en el país.
La conclusión es incómoda:
el fenómeno no distingue de género ni de fronteras. También hay hombres que escriben a mujeres condenadas por crímenes violentos. La diferencia, según algunos análisis, es que ellos buscan principalmente encuentros sexuales, mientras que ellas tienden a buscar algo más duradero.
El pagafantismo también tiene su versión criminal.El debate de fondo: ¿es esto una patología social o una minoría ruidosa?
La discusión pública se divide entre quienes ven en estas proposiciones un síntoma de degradación social y quienes recuerdan que se trata de una minoría ruidosa.
Las cartas son muchas, pero siguen siendo una fracción mínima de la población femenina. El problema no es tanto su existencia como su visibilidad: los medios amplifican el fenómeno porque vende, y esa amplificación puede generar un efecto de imitación.
Hay quien sostiene que la sociedad actual ha eliminado los frenos que antes contenían estas conductas.
La tesis de que el hombre habría tutelado históricamente a la mujer para evitar que actuara según sus impulsos más autodestructivos aparece en varios análisis, aunque suene a justificación patriarcal de manual. Otros argumentan que la mayor libertad ha permitido que afloren conductas que antes quedaban ocultas.
La libertad no crea el monstruo, solo le quita la mordaza.
Lo que está claro es que el fenómeno no se puede despachar con un «son cuatro locas».
La hibristofilia existe, está documentada y tiene una base psicológica que merece más estudio que burla. Y mientras tanto, el asesino en cuestión sigue recibiendo cartas.
¿Cuántas de esas proposiciones se convertirían en visitas reales si el condenado no estuviera entre rejas?