El coste de la felicidad infantil: 10 euros por dos horas de butaca reclinable
Ir al cine entre semana, en sesión matinal, con butacas de cuero y reclinables, viendo una película de animación. La experiencia vale 10 euros, según quien la probó. Y desató una tormenta de insultos y envidia.
Porque en la elección de ocio asoma la fractura de clase. Quien puede ir un martes a las doce vive en otro mundo laboral. Quien lo critica defiende que el cine infantil es cosa de niños, o de pobres. El debate revela más sobre las tensiones sociales que sobre la película.
La cifra es elocuente: 10 euros por dos horas de asiento premium. Menos que un cubata en muchas ciudades. Y sin embargo, genera rechazo. Tal vez porque ver una película de dibujos en horario laboral es el lujo definitivo: tiempo disponible, dinero para gastar y cero remordimientos. El que puede permitírselo lo sabe. Al resto le escuece.
Al final, lo que se juzga no es el gusto cinematográfico, sino la legitimidad de disfrutar cuando los demás trabajan. El ocio, como casi todo, es también una cuestión de poder.