El DAFO que desabrigada el 'nuncabajismo' inmobiliario
¿Hasta cuándo puede sostenerse un mercado basado en la fe colectiva de que la vivienda nunca baja? A mediados de los 2000, un análisis DAFO desde una óptica bajista ya exponía los puntos débiles de la burbuja: el 37% del parque en manos empresariales, la dependencia de la banca y la cultura del 'nuncabajismo' que podía volverse pánico al primer síntoma.
Las debilidades que nadie quería ver
El análisis identifica como fortaleza la arraigada creencia de que la vivienda no baja de precio. Pero la vuelve debilidad si se constatan caídas: el pánico puede desatar una venta masiva. También señala el interés de banca, inmobiliarias y constructoras en mantener los precios, con nuevos productos financieros que ya cubrían parte del riesgo. Sin embargo, el 37% del stock en manos empresariales tenía un componente especulativo: si salía al mercado, el derrumbe estaba asegurado.
Los alquileres disparados y la ausencia de regulación apuntalaban la demanda de compra, pero el esfuerzo financiero ya era insostenible. Un ejemplo de la época: alquilar costaba 650 euros mensuales, comprar la misma vivienda suponía 1.700 euros al mes (casi el triple). Con tipos al alza, la refinanciación se convertía en quimera para quienes habían estirado sus plazos al máximo.
El síntoma de Pedro Solves y la demanda real
El economista Pedro Solves 'tiraba la toalla' como analista del sector, un gesto interpretado como el fin de una era. El análisis remataba con una pregunta demoledora: con esos porcentajes de demanda real, ¿pueden aguantar los precios la más ligera crisis inmobiliaria? La respuesta llegó poco después, con el crash de 2008.
Un DAFO que hizo escuela
El ejercicio, inusualmente riguroso para la época, fue citado como ejemplo de cómo aplicar la herramienta al sector inmobiliario. Frente a los DAFO corporativos llenos de trivialidades, este iba al grano: la burbuja no se sostenía sobre datos, sino sobre la fe y los intereses creados.
Con la perspectiva actual, el análisis de 2005 suena a crónica de una catástrofe anunciada. Pero entonces, llamar a la cautela era herejía. La ironía final: la fortaleza del 'nuncabajismo' era, precisamente, su mayor debilidad.
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