Alemania se desmorona en silencio: 100.000 empleos menos en Volkswagen
Alemania no se está desmoronando: se está vaciando. La distinción importa, porque un derrumbe exige fecha, humo y titular, y lo que dejan ver los datos disponibles es una erosión lenta, administrativa y perfectamente aburrida. Los trenes de Deutsche Bahn se detienen por fallos de un sistema antiguo. Uno de cada tres puentes de la región industrial alemana necesita reparaciones. Volkswagen prepara el recorte de 100.000 empleos, un sexto de su plantilla. El gobierno de Friedrich Merz responde con reformas tibias de pensiones e impuestos. Nadie corre por las calles. Ese es exactamente el problema.
Por qué se cierran uno de cada tres puentes en Alemania
La cifra que resume el declive no está en la bolsa: está en la obra pública. Uno de cada tres puentes de la región industrial del país necesita reparaciones y los cierres por motivos de seguridad ya no son excepcionales. El ferrocarril arrastra el mismo mal. La red de Deutsche Bahn se para por fallos de componentes antiguos con una frecuencia incómoda para un país que vendió al mundo la idea de «Vorsprung durch Technik».
El dinero que no se pone ahí se pone en otra parte. El sistema de pensiones alemán presenta un déficit de 128.000 millones que se cubre con Presupuestos, y cada euro destinado a sostener las jubilaciones es un euro que no va a mantenimiento. No es mala gestión puntual: es aritmética. Cuando la población que trabaja no crece al ritmo de la que cobra, la inversión pública es la primera variable que se ajusta.
Volkswagen y los 100.000 despidos: el coste de competir con China
El fabricante prepara el recorte de 100.000 empleos, un sexto de su plantilla. El detalle incómodo es de dónde viene el golpe: no de una huelga ni de un arancel, sino de la pérdida de competitividad frente a China, un país al que durante años se le vendieron cientos de miles de coches y al que, de paso, se le enseñó a fabricarlos.
Hay quien lee el problema como energético —adiós al gas ruso barato que sostenía la industria y calentaba las casas— y hay quien lo lee como un fallo de estrategia industrial acumulado durante dos décadas. Las dos lecturas caben. La que no cabe es la de la sorpresa: los ajustes en la automoción y en la química llevan meses anunciados.
¿Cuánto cuesta el invierno demográfico alemán?
128.000 millones al año, en la lectura que más peso tiene. El argumento es que el problema no es que la población baje, sino que envejece: más jubilados cobrando, menos cotizantes sosteniendo la caja. Un país que dedica 128.000 millones a tapar ese agujero con Presupuestos no tiene margen para renovar vías ni puentes.
La tesis tiene detractores. Se sostiene, en cambio, que la población alemana no ha caído, sino que ha crecido con la llegada de trabajadores de fuera, y que culpar a la demografía es una excusa cómoda para no hablar de gestión. Ahí el asunto se envenena: parte de ese malestar deriva en un rechazo explícito hacia la inmigración que el país lleva años incorporando, atribuido como causa política del descontento sin que los datos permitan sostenerlo como explicación económica única.
¿Está muerto el euro o solo es la moneda de turno?
Muerto, no. Viejo, todos. El euro no es la única divisa que ha perdido terreno: la libra, el yen y sus primas hermanas han hecho lo mismo. Ningún sistema monetario dura para siempre —si no, seguiríamos pagando con sestercios— y eso no convierte cada depreciación en el fin del mundo.
El desacuerdo es de fondo. Una corriente sostiene que una década de tipos cercanos al 0% y compras masivas de deuda por el BCE (billones de euros entre 2012 y 2022, con hasta 10.000 millones mensuales inyectados en España) han dejado el euro tocado de gravedad. Otra recuerda que devaluar no está al alcance de una moneda fluctuante: el peso argentino, con inflaciones oficiales del 300%, existía porque estaba atado al dólar. La moraleja histórica la firma la peseta: se devaluó un 21% en 1992-93 para no quedarse sin reservas y el resultado fue inflación, recesión y un millón de parados. El cálculo monetario completo, con tipos, reservas y horquillas, da para un tratado que aquí no cabe.
La UE que fue primera potencia y eligió la austeridad
Antes de 2008, la Unión Europea era la primera potencia económica del mundo, por delante de Estados Unidos y China. Tras la crisis, Washington optó por endeudarse e invertir en tecnología y fracking; Pekín, por endeudarse e invertir en infraestructuras. Bruselas eligió disciplina fiscal y recortes. Y Alemania, que era la economía sana del club, fue quien más insistió en el ajuste.
Se argumenta que fue la única región del planeta que aplicó ese dogma con devoción. Años después, el país que exigía cuentas ajustadas a los demás es el que tiene los puentes cerrados y las fábricas en cuesta abajo. Ironía estadística, no consuelo.
Lo previsible, con los datos actuales, es que el ajuste llegue por goteo: más cierres parciales, más prejubilaciones pactadas y más reformas que aplazan la decisión otra legislatura. Lo que no se puede predecir con esta información es la velocidad. Alemania conserva margen fiscal, industria y un mercado interior europeo de 500 millones de consumidores al que agarrarse si las cosas se tuercen. Nada de eso impide que siga vaciándose. Solo decide si lo hace en una década o en tres.