Aficionados al deporte: entrenar como un olímpico sin serlo es una trampa
Hay una tribu creciente de deportistas amateurs que cree que imitar a un profesional es sinónimo de superación. Cincuentones que se machacan con planes de entrenamiento de élite, ciclistas que invierten miles en bicicletas hipercaras y culottes de última generación, y culturistas sesentones que viven a base de dietas estrictas y suplementos. El resultado no es salud, sino postureo, lesiones y, en muchos casos, dopaje.
El equipamiento como sucedáneo del mérito
Hace treinta años se salía a la montaña con una bicicleta básica, bermudas y una camiseta de publicidad. Hoy, cualquier ciclista aficionado va pertrechado como un profesional del Tour: bicicletas que cuestan más que un coche, ropa técnica con logotipos y toda la parafernalia. Pero el fondo suele ser el mismo o menor. Como señala un análisis del sector, se ha producido una 'sobreprofesionalización' del ocio deportivo, donde la apariencia pesa más que el rendimiento real.
Dopaje amateur: más riesgo, menos control
Lo que muchos ignoran es que los aficionados son el colectivo con mayor índice de dopaje y con menos controles. Sustancias como EPO, esteroides, anfetaminas o incluso prácticas extremas como microtransfusiones y cámaras hiperbáricas se han filtrado al ámbito no profesional. La falta de supervisión médica convierte esta 'carrera por el rendimiento' en una ruleta rusa para la salud.
La obsesión por parecer un deportista de élite lleva a extremos patéticos: personas que se privan de cualquier placer alimenticio y miran con desprecio a quienes comen con normalidad. El culto al cuerpo perfecto, alimentado por la cultura Instagram, está generando una generación de amateurs infelices, dopados y sobreendeudados en material técnico.
Debates relacionados en el foro