Un país desarrollado con 53.000 euros de PIB per cápita y una tasa de fecundidad de 2,86 hijos por mujer. El acertijo tiene solución: no es Singapur, ni Australia, ni una monarquía del Golfo. Es Israel, la anomalía demográfica del primer mundo. Mientras España se queda en 1,1 hijos por mujer, EE.UU. en 1,6 y Japón en 1,1, Israel mantiene una natalidad que roza el reemplazo generacional y que casi duplica la de sus pares occidentales. La pregunta es cómo lo consigue, y la respuesta, como suele pasar, no cabe en un titular.
Una excepción que no encaja en los manuales
El patrón clásico dice que desarrollo económico y baja natalidad van de la mano. Israel lo desmiente con cifras: su PIB per cápita está en la liga de Alemania, por encima de Francia, Italia o Finlandia, y sin embargo las mujeres israelíes tienen casi tres hijos de media. No hay otro país en la OCDE con ese nivel de renta y esa fecundidad. Los intentos de explicarlo apelando solo a la religión se quedan cortos.
Judías, musulmanas, drusas: ¿quién tiene esos hijos?
La Oficina Central de Estadística israelí publicó en 2024 un desglose que rompe varios mitos. Las mujeres judías tienen una media de 3,06 a 3,10 hijos; las musulmanas, 2,68 a 2,75; las cristianas, 1,62, y las drusas, 1,64. Es decir, las judías superan hoy a las musulmanas. La idea de que la natalidad israelí se sostiene solo por la minoría árabe o por los ultraortodoxos no se sostiene con los datos.
El elefante en la habitación: los ultraortodoxos
Eso no significa que los ultraortodoxos no pesen. La comunidad haredí supera los 6 hijos por mujer y crece a un ritmo vertiginoso: era el 1% de la población hace unas décadas y ya ronda el 14%. Muchos de ellos no hacen el servicio militar, reciben subsidios estatales y viven en un circuito cerrado de estudio y religiosidad. Si la tendencia continúa, su peso demográfico y político será imparable.
Por qué las israelíes laicas también tienen más hijos
La parte más incómoda para el pensamiento occidental es que las mujeres judías no religiosas rondan los 2,2 hijos, por encima de la tasa de reemplazo. No se explica por una política demográfica activa, sino por una combinación de presión social, sentido de identidad y, en muchos casos, la convicción de que si no procrean, el vecindario se los traga. Es una lógica existencial que choca con el individualismo posmoderno de Europa.
Un futuro con más haredíes y más tensiones
La convivencia entre tecnología punta, ejército moderno y una comunidad que vive en el siglo XVII no será gratis. Los análisis coinciden en que la fractura interna se ensanchará: los ultraortodoxos votan en bloque, no contribuyen a la economía productiva y su crecimiento irá acompañado de más crispación. A corto plazo, Israel seguirá siendo la excepción; a medio, veremos hasta dónde aguanta la mezcla.
Israel es hoy un laboratorio demográfico: demuestra que la riqueza no mata la natalidad si hay razones para tener hijos. Pero también avisa de que esas razones pueden ser un arma de doble filo. Si la tendencia haredí se impone, el país que desafió todas las reglas acabará gobernado por quienes menos interés tienen en el mundo que los rodea. O quizá no. Los datos no dan para más.