Por qué la IA que «resolvió» Navier-Stokes no ha resuelto nada
Un ordenador lleva horas probando números. O llevará un millón de años, da igual. Sigue y sigue y no encuentra el valor que cierre el acertijo. Cuando por fin suena la flauta, alguien corre a anunciar que la máquina ha resuelto las ecuaciones de Navier-Stokes, uno de los siete Problemas del Milenio. La realidad es más aburrida: hallar un contraejemplo no es demostrar nada. Y confundir una cosa con la otra es, ahora mismo, el negocio del siglo.
Encontrar la aguja no es hacer matemáticas
La asimetría la dejó escrita Popper hace casi un siglo: refutar una conjetura es fácil —basta con dar con un único caso que la rompa—, mientras que demostrar el caso general es el trabajo de verdad. Desde Turing, encontrar ese contraejemplo por fuerza bruta lo hace cualquier ordenador; no hace falta rebautizarlo como inteligencia artificial para venderlo. Una demostración se verifica de forma mecánica, barata y binaria: un checker dice sí o no. Lo caro, lo que no tiene atajo, es generarla. Ahí la máquina se atasca.
Verificar y generar son dos problemas distintos, y la industria se esfuerza en difuminar la frontera. Que un programa no pueda decidir si otro se detiene no implica que no pueda comprobar una demostración concreta. Son mundos separados. De mezclarlos salen los titulares.
Qué significaría de verdad una solución
Conviene concretar qué se habría resuelto, porque casi nadie lo hace. Un contraejemplo global a Navier-Stokes significaría que existe una singularidad: un punto donde las ecuaciones pint y las soluciones suaves dejan de existir. Eso es un clavo en el ataúd de los analistas, no un manual de diseño. No da una receta para turbinas ni para modelos climáticos. Hay quien defiende que sí abriría la puerta a predecir puntos de ruptura, pero los propios sistemas son caóticos: incluso con solución analítica exacta, anticipar el tiempo a largo plazo seguiría siendo imposible.
Cada «acepto» que firmas sin leer
Antes de los teoremas venía la letra pequeña. El modelo de negocio no es nuevo: todo lo que subes a la nube de Microsoft, Google o el proveedor chino de turno deja de ser tuyo en el momento en que aceptas las condiciones. Con la IA pasa lo mismo, solo que más caro. El que mete su tesis en un chatbot para que se la pula está regalando el trabajo y pagando con lo único que tenía.
Y ojo con Fermat. La demostración de Wiles se apoya en geometría algebraica, formas modulares y teoría de Galois, todo formalizable. Hay un proyecto en marcha para verificarla línea por línea con un asistente de pruebas. Si la máquina puede comprobar el resultado entero, entonces esa demostración no usó ninguna lógica inaccesible: usó la misma de la que dispone la máquina. La prueba estrella de los escépticos prueba, en realidad, lo contrario.
La fiesta antes de que llegue la cuenta
Aquí el asunto deja las matemáticas y entra en el dinero. Nvidia cotiza a múltiplos que no vio ni el oro en 1980, y eso se lo han colocado a fondos de pensiones y a planes indexados donde está metido el ahorrador de a pie sin enterarse. Los grandes operadores emiten deuda a mansalva para financiar centros de datos y la compran aseguradoras y fondos. Las valoraciones de los laboratorios de IA —del orden del billón de dólares en conjunto en las últimas rondas— no dicen si hay humo: dicen lo que el mercado está dispuesto a pagar por una expectativa. El cálculo completo, cruzando los cuatro grandes de la IA con los cuatro fabricantes de portátiles, deja una foto que conviene mirar con calma.
Y si alguien promete que en 2032 los ricos dejarán de envejecer, recuerde el detalle que se salta el folclore: los criogenizados están perecid. Un cadáver congelado con la técnica de los setenta es un cadáver con cristales de hielo en el cerebro. El negocio no es resucitar a nadie, es almacenar fiambres a cuota mensual.
El dato que descoloca
Para terminar, la cifra que nadie espera. Sumando los portátiles del mundo con menos de cinco años, la capacidad teórica roza los 50.000 a 100.000 exaFLOPS. Todos los centros de datos del planeta juntos andan entre 100 y 200. En bruto, ganan los portátiles por goleada. Pero ese número no vale nada: un portátil está apagado veinte horas al día, rinde a una décima parte de su teórico y no comparte memoria con nadie. La potencia no está donde parece. Está donde alguien paga la factura de la luz.