90 años sin Lorca y sin los papeles que lo explicarían
Noventa años no han bastado para saber quién ordenó matar a Federico García Lorca. El crimen se cuenta en los manuales, pero no se puede probar con un expediente: los documentos que lo cerrarían siguen bajo llave en manos del Estado. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica ha vuelto a pedir su desclasificación coincidiendo con el aniversario. Han pasado
medio siglo desde el fin de la dictadura y la respuesta sigue siendo la misma: silencio administrativo, vela y poesía.
Qué documentos del asesinato de Lorca siguen clasificados
Según un análisis recogido en el debate, los papeles están repartidos entre los ministerios de
Interior y Defensa, y que sigan cerrados admite, a juicio de quien lo sostiene, dos lecturas, ninguna inocente: o se protege al aparato militar que organizó la ejecución, o se protege la figura mitificada del poeta y los intereses económicos e ideológicos que viven de ella. La sospecha no es nueva, pero incomoda a ambos lados. Desclasificar, en cualquiera de los dos escenarios, deja a alguien con el relato al aire.
La fosa de Víznar y el pulso entre Caballero y Gibson
Aquí el desacuerdo es arqueológico. El investigador
Miguel Caballero, autor de «Lorca: basado en hechos reales», sostiene que tras la orden estuvo un teniente coronel de la Guardia Civil y se apoya en testimonios recogidos por el periodista Eduardo Molina Fajardo. Frente a esa tesis, la versión clásica de
Ian Gibson sigue buscando los restos en un barranco sin éxito. Hay una tercera hipótesis, defendida en los vídeos del investigador Ayllón: los huesos habrían estado en
Lachar, el antiguo oratorio de San Pedro, y habrían sido removidos y arrojados al meandro de un río hacia 1978. Unos restos guardados en un depósito judicial de la Guardia Civil esperan una prueba de ADN que requiere autorización de la familia. La familia, sostiene esa versión, se niega.
Los muertos que no cuadran con el relato
El duelo de cifras tampoco ayuda. Según los datos citados de ABC, la violencia política dejó
196 muertos en 1931, 190 en 1932, 311 en 1933 y 1.457 en 1934. El historiador Julián Casanova cifra en 1.100 los fallecidos en los combates posteriores al levantamiento armado de 1934, con unos 2.000 heridos y 300 muertos entre las fuerzas del orden. Con esa lógica, se argumenta, un año con 97 muertos como 1980 también habría justificado un golpe. La réplica habitual invoca el asesinato de Calvo Sotelo, tiroteado por miembros de la escolta de un dirigente socialista. Nadie ha cerrado el balance, y quien lo intente se llevará pedradas desde los dos lados.
Muñoz Seca, Maeztu, Hinojosa: los otros fusilados
Una parte del análisis señala la asimetría: los intelectuales ejecutados por el otro bando apenas tienen calle, centenario ni serie. El caso más citado es el de
José María Hinojosa, autor en 1928 de «La Flor de Californía», la primera obra surrealista española, amigo de Lorca, Alberti y Dalí, fusilado y hoy casi olvidado. La otra parte responde con el mismo argumento invertido: Lorca se refugió en casa de
Luis Rosales, falangista, y trató a José Antonio. En una carta a su familia desde Nueva York, fechada el
14 de julio de 1929, el propio poeta confesaba su entusiasmo por el catolicismo español y su desconcierto ante los cultos protestantes. Material incómodo para todas las trincheras.
El negocio de la memoria
Y luego está el dinero. El aniversario ha quedado descafeinado, sostienen algunos, precisamente porque a nadie le interesa que se profundice. En el hilo se recuerda que la televisión emitió una serie sobre el poeta y que en cierto acto de homenaje una lectora pronunció «Viznar» acentuando la última sílaba, cuando el pueblo se llama
Víznar. La anécdota resume el ecosistema que describe otro relato del hilo: homenajes con jardín, fuente y copa en mano donde preguntar si alguien recuerda un poema de memoria se recibe como una provocación.
Con los archivos cerrados y la prueba de ADN, según esa versión, bloqueada, lo probable es que el noventa aniversario se repita en el centenario con el mismo guion y las mismas flores. Pero conviene no apostar demasiado: una firma en un papel sellado basta para tumbar veinte años de relato. Si ocurre, el debate cambiará de bando antes de que a nadie le dé tiempo a reescribir los folletos.