6.500 médicos en Cataluña ejercen sin título homologado ni carrera completa
El titular no es una exageración tuitera: en
Cataluña hay 6.500 médicos de origen suramericano que trabajan sin haber terminado la carrera ni obtener la homologación oficial. La cifra, difundida por un medio catalán, ha reabierto el debate sobre los límites de la política migratoria en sanidad, la lentitud del Ministerio y la paradoja de que miles de estudiantes españoles con excelentes notas se quedan fuera de las facultades de Medicina.
El coladero de la homologación
El proceso de homologación de títulos extranjeros en España es famoso por su burocracia: puede tardar años. Ante la falta de médicos en Cataluña —y en otras comunidades—, hospitales y clínicas han optado por contratar a profesionales sin los papeles en regla, confiando en que su experiencia previa compensa la falta del sello ministerial. Los defensores de esta práctica argumentan que sin ellos el sistema colapsaría; los críticos señalan que se está poniendo en riesgo la salud pública al permitir que personas sin la formación reglada ejerzan la medicina. El propio Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos ha alertado de que muchos de estos facultativos carecen de competencias básicas.
¿Faltan médicos o sobran trabas?
La escasez de médicos en España no es un invento. Las plazas MIR se han incrementado en los últimos años —de unas 6.000 en la década de 2000 a más de 10.000 en 2024—, pero siguen siendo insuficientes para cubrir la demanda, sobre todo en atención primaria y zonas rurales. Sin embargo, la paradoja se acentúa cuando se comparan las cifras: mientras miles de jóvenes con notas de 13 sobre 14 no logran una plaza en la universidad para estudiar Medicina, se recurre a profesionales formados en sistemas educativos muy diferentes y sin control de calidad. Detrás de todo ello hay decisiones políticas: gobiernos anteriores recortaron plazas MIR durante la crisis, y el actual ejecutivo no ha logrado agilizar la homologación a pesar de las promesas.
Lo que el dato no dice es si estos 6.500 médicos son un chivo expiatorio o un síntoma de una enfermedad más profunda. La respuesta quizá no esté ni en las facultades ni en las fronteras, sino en la voluntad política de planificar a largo plazo una sanidad que no dependa de parches administrativos.
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