La pierna amputada en la N-124 y el espectáculo del móvil
El pasado día 11, en la carretera N-124 a la altura del kilómetro 40,5, un turismo y una motocicleta colisionaron lateralmente. El motorista perdió la pierna izquierda en el acto —amputación traumática de la extremidad inferior izquierda, fractura abierta de húmero y codo, politraumatismos— y mientras se desangraba, tres personas ya estaban grabando con el móvil. Nadie había llamado al 112. Nadie había hecho un torniquete.
La escena la relata un testigo que se detuvo a ayudar: una mujer de origen sudamericano gritaba «NO TIENE PIERNA NO TIENE PIERNA» mientras grababa; al apartarla, su novio la entendió y se la llevó. El testigo confiesa que sintió asco y pánico al principio, pero logró taponar la herida, llamar a emergencias y recostar al herido, ayudándole a mantener la respiración hasta la llegada de la ambulancia. Los sanitarios pusieron un torniquete mientras el motorista gritaba de dolor.
El suceso desató una oleada de comentarios sobre la actitud de los espectadores digitales: «mirar hacia otro lado» ya no es el problema —ahora es grabar, retransmitir, comentar. Se mencionó la novela «Un mundo feliz», donde los épsilon observan impasibles la muerte de Linda. La costumbre de filmar desgracias se ha normalizado hasta el punto de que la reacción de auxilio se ha vuelto secundaria.
La seguridad vial y la demonización de la moto
El accidente reabrió el debate sobre el riesgo de las motocicletas. Hay quien sostiene que «en la moto el paragolpes es tu cuerpo» y que «la moto como medio de transporte es un fracaso». Otros recuerdan que un error al volante de un coche puede destrozar a un motorista de forma desproporcionada: el conductor del turismo se saltó un ceda el paso, según la investigación preliminar.
Se citaron casos de conductores que pierden brazos por sacarlos por la ventanilla, y la multa por llevar el brazo fuera —medida que muchos ignoran que tiene ese origen. La conclusión para unos es clara: no conducir moto es de primero de supervivencia. Para otros, el problema no es el vehículo sino la combinación de temeridad y distracción: «un día cometes un fallo y matas a alguien», decía un participante.
El coste humano y social de la distracción digital
La imagen de tres personas grabando un herido grave mientras otros corren a auxiliarlo es el síntoma de una sociedad que ha hecho del teléfono una extensión del ojo. Quienes filman no son «malos»; son personas en modo avión, con las neuronas apagadas, como describió otro testigo de un incendio, donde los vecinos grababan a las víctimas llorando.
El Código Penal español tipifica la omisión del deber de socorro: no atender a un herido de tráfico es delito. Si las grabaciones se publicaron en redes, la denuncia podría ser de oficio. La cuestión no es solo legal: es moral. «Lo último que necesitas es oír que no tienes pierna cuando estás consciente y desangrándote», resumió el testigo.
El motorista sobrevivió. El testigo, anónimo, escribió que «a pesar del asco y la desgana, logré ayudar». Los bomberos y ambulancias «no sé cómo se acostumbran a esto». La respuesta es que no siempre se acostumbran: muchos acumulan trauma. Pero mientras sigan llegando llamadas al 112 antes que los vídeos a Twitter, algo se habrá salvado.
La predicción, con reservas: mientras el smartphone sea más rápido que la conciencia, veremos más piernas amputadas en TikTok que en el quirófano.