La construcción española acumula seis meses de caídas y ya es la peor de la UE
Un particular con un terreno urbanizable en regla, con luz, agua y alcantarillado a pie de parcela, se sentó a sumar antes de poner el primer ladrillo. Para una casa de 100 metros cuadrados, sin lujos, la cifra previa al inicio de la obra era de 35.000 euros: tasas autonómicas, arquitecto, dirección de obra, seguridad y salud. Luego llegaba el IVA: 30.000 euros. En total, 60.000 de sobrecoste sobre una obra de 120.000. Exactamente la mitad del coste real. No es una queja aislada: es la aritmética que explica por qué la construcción española encadena seis meses de caídas y registra el peor dato de la Unión Europea.
La factura antes del primer ladrillo
El ejemplo funciona como radiografía de todo el sector. Sobre un presupuesto de obra de 150.000 euros, el 8% para la comunidad autónoma, 15.000 para el arquitecto y 5.000 para dirección de obra y seguridad. A pie de parcela, con todos los suministros, la sangría es de 35.000 antes de excavar. Los que defienden la promoción aseguran que la burocracia es el principal enemigo: catas arqueológicas, informes de impacto ambiental, de eficiencia energética, de sostenibilidad, de accesibilidad, de gestión de residuos y hasta de género. Cada uno alimenta a un chiringuito y consume meses. La falta de suelo finalista remata el combo: las administraciones no liberan nuevo terreno y el que existe se cotiza como si tuviera petróleo.
La demanda que no aparece
Pero no es solo la oferta. Las promociones que se terminan cuelgan carteles de «últimas viviendas» durante meses. La generación de 25 a 35 años, la que debería estar comprando, no puede ni soñar con esos precios. Los sueldos no dan para más, los alquileres se llevan el 75% del salario y el crédito sigue caro. Sin demanda solvente, el negocio no sale. Tras el 2007, los operadores se comportan como gatos escaldados: nadie quiere poner un duro en un sector que ya les quemó una vez. El miedo al pasado pesa más que la necesidad del presente.
Inmigración y mercado laboral: el dato que desmonta un tópico
Parte del discurso social atribuye la crisis de vivienda a la llegada de extranjeros que «no trabajan» y ocupan las ayudas. La Encuesta de Población Activa del cuarto trimestre de 2025 permite contrastarlo: los extranjeros son el 14,4% de la población adulta, pero solo el 10,9% de los inactivos. Están infrarrepresentados entre quienes ni buscan empleo. El problema no es quién viene, sino que un país con demanda de mano de obra no consigue que el sector arranque. Y con ofertas de mil euros al mes y 40 grados de sol, las cuadrillas no se forman.
¿Otra vez 2008? Las diferencias (y los parecidos)
En 2008, los visados de obra nueva cayeron un 58,1% hasta los 252.916, cuando la burbuja de crédito fácil estalló. Aquella fue una crisis de ladrillo financiada con hipotecas basura. Esta es distinta: no hay una burbuja de obra nueva porque apenas se construye; hay una burbuja de precios por escasez. Aun así, el contagio externo se nota: la construcción alemana lleva dos años cayendo y arrastra al resto. La economía que no construye se convierte en un callejón sin salida. Los datos europeos ya lo señalan: España es el farolillo rojo del ladrillo.
La próxima vez que alguien pregunte por qué no se construye, que mire la factura antes del primer ladrillo. La Administración pública lleva años cobrando peaje por cada proyecto y soltando discursos sobre vivienda asequible. Mientras tanto, el suelo escasea, los trámites se acumulan y quien se atreve a edificar lo paga caro. La construcción española no tiene un problema de demanda ni de mano de obra: tiene un problema de diseño institucional. Y ese no se arregla con titulares.