El coste de alojar refugiados en hoteles se dispara: de 4.500 a 15.300 millones
¿Cuánto cuesta realmente alojar a los refugiados en hoteles? Las cifras que maneja el Reino Unido apuntan a una factura multimillonaria que crece sin control, y España baila con una estimación propia que duele.
El agujero británico: de 4.500 a 15.300 millones
Las cifras parlamentarias del Home Office son demoledoras. En 2018, el sistema alojaba a 47.500 personas. En junio de este año, la cifra había superado las 103.000. El presupuesto inicial para el período 2019-2029 era de 4.500 millones de libras; ahora se eleva a 15.300 millones. Una desviación del 240% que no es fruto de la casualidad, sino de una política migratoria que convierte el drama en un negocio.
El dinero no se gasta: se invierte en hoteles cuyos precios —nadie lo comprueba— son con frecuencia superiores a los de mercado. La sospecha de que hay mucho arrimado a la política con un negocio hotelero floreciente sobre la base de acoger inmigrantes a costa del erario público recorre todas las discusiones.
España: ¿2.500 millones al año?
Sin datos oficiales que valgan, alguien se ha tomado la molestia de calcularlo. El sector hotelero español factura unos 25.000 millones al año. Alojar a 100.000 personas durante doce meses equivale al 10% de las pernoctaciones totales (360 millones). A ojo de buen cubero, eso son 2.500 millones de euros. Puede que más, porque los precios que se pagan por este tipo de alojamiento rara vez son los que pagarías tú en Booking.
La pregunta que flota es: ¿cuánto de ese dinero acaba en manos de empresarios amigos? Aquí funciona el mismo mecanismo que en Reino Unido: el Estado inyecta fondos que luego circulan por toda la economía, desde hoteleros hasta compañías telefónicas y supermercados. Es la industria moronegra, como la llaman algunos, donde todos ganan y nadie mira el precio.
El efecto inflacionario de la máquina de imprimir
El argumento recurrente es que este dinero no sale de los impuestos sino de los fondos europeos y de la impresora de billetes. La consecuencia es la inflación que sufrimos todos. Suben los activos inmobiliarios (clave en un país donde casi toda la riqueza es de ese tipo), suben los precios de los alimentos, del gas y de la luz. Y todo eso se paga con dinero que, en realidad, no es de nadie. Hasta que la factura llega, claro.
Mientras, los nativos duermen en la calle. Y los que alertan de la desviación presupuestaria son tachados de insolidarios. El negocio es perfecto: todos ganan, y el que paga el pato es siempre el mismo.
Con estos números, la pregunta no es si podemos permitírnoslo, sino si queremos saber lo que realmente cuesta.
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