171 escaños no bastaron: la factura del voto útil
La aritmética es tozuda. En las últimas elecciones, PP y Vox sumaron
170 o 171 escaños sobre una mayoría absoluta de 176. Faltaban cinco. Y esos cinco no aparecieron. La pregunta que recorre medio internet es por qué no se movió ni un tránsfuga, ni el PNV, ni Junts, ni Coalición Canaria. La respuesta que más circula no es jurídica, es casi teológica: alguien de fuera —se dice que Soros, se dice que el CFR— ordenó a los partidos quedarse quietecitos mientras Indra cuadraba el relato. Cuatro años más de agenda, de inmigración sin control, de deuda con el BCE. El diagnóstico es conspiranoico, pero la pregunta de fondo no lo es: ¿para qué sirve votar si el bloque que gana no puede gobernar?
El cálculo que nadie desmiente: 176 es mayoría, 171 es nada
La cuenta es sencilla y por eso duele. Con 171 escaños el bloque de la derecha se quedaba a cinco de la mayoría absoluta. La teoría del voto útil dice que esos cinco salen de los partidos pequeños o de un tránsfuga. La práctica dice que no salió ninguno. Hay quien sostiene que la razón es que el sistema estaba diseñado para que no salieran: cuatro años más de gasto público, de endeudamiento con el BCE y de destrucción de la capacidad de resistencia económica. Es una lectura conspirativa, pero encaja con el resultado:
el bloque que sumaba más votos no gobernó.
La consecuencia económica de ese bloqueo es la que más se repite: más deuda, más dependencia del BCE, menos margen para una política fiscal propia. No es un dato nuevo, pero sí el más citado cuando se discute si el voto conservador sirve para algo más que para hacer bulto en el hemiciclo.
Vox, Alvise y la pelea por el mismo votante
Aquí está el nudo del asunto. Una parte del electorado sostiene que votar a Vox es tirar el voto porque el partido no ha logrado frenar nada: ni la inmigración, ni la ley de nietos, ni el voto por correo, ni la reapertura de investigaciones como la del 11M. Otra parte responde que Alvise Pérez es la alternativa real y que ya demostró en las europeas lo que hace:
salir de eurodiputado y dejar de agitar el avispero. La acusación de que su candidatura es una fábrica del CNI para restar escaños a Vox por la ley D'Hondt y favorecer al PSOE circula sin pruebas, pero circula.
El argumento contrario también tiene su lógica: si Vox no ha podido con nada teniendo el poder que tiene, ¿qué garantiza que Alvise sí? La respuesta más repetida es que
al menos es más honesto y decente que la alternativa. Es decir, la discusión no es sobre eficacia, es sobre confianza. Y la confianza no se mide en escaños.
La jueza, el 11M y el coste de reabrir según qué cosas
El caso de la jueza que reabrió la investigación del 11M se usa como prueba de cargo. Según lo que circula, acabó ingresada incomunicada en un centro psiquiátrico tras el acoso de las cloacas del PSOE. Otra jueza, la de Badajoz, se libró. La pregunta que lanza el material es directa:
¿qué ha hecho el bloque PP-Vox para salvarla? Ni con la ayuda de Israel, ironiza. La respuesta implícita es que nada, y que eso demuestra que el poder real no está donde se vota.
Es el punto donde el debate deja de ser económico y se vuelve existencial. Si ni una jueza que toca el 11M está protegida, ¿qué protege votar? La conclusión que se extrae es que el sistema protege a quien no lo remueve.
La pregunta final: ¿sirve de algo votar?
La respuesta más honesta que da el material es que el voto va a parar igualmente a algún sitio, votes o no. La abstención no es neutral: beneficia al que ya tiene el poder. La otra respuesta es que votar al partido equivocado es peor que no votar. Entre esas dos, no hay síntesis.
Lo que sí queda claro es que la discusión no es sobre programas, es sobre si el sistema permite que el resultado electoral se traduzca en poder real. Con 171 escaños y una mayoría de 176, la respuesta que da el material es que no. Y si no, ¿para qué votar? La pregunta queda abierta, que es donde debe estar.