El trumpismo entra en fase de negación tras la derrota
El resultado electoral más adverso para el movimiento que lidera Donald Trump desde su irrupción política ha abierto una grieta que sus defensores no terminan de asumir. La lectura dominante en una parte del electorado que le dio la victoria es que el proyecto ha pinchado: más inflación, menos poder adquisitivo y un país que no ha recuperado el pulso prometido. La fase de negación, sin embargo, sigue su curso.
Qué ha pasado y por qué se habla de derrota
El punto de partida es una derrota electoral que se describe como la mayor del partido desde el crash de 1929, cuando —según la tesis que circula— se aprendió a golpes que el liberalismo sin cortafuegos era una estafa. Ahora, el mismo aprendizaje se repite. El diagnóstico que se impone entre los críticos es que Trump convenció a una parte del electorado con la promesa de devolver el país a los años sesenta y que la realidad ha sido otra: **más inmigración que nunca**, un lobby financiero exprimiendo a la población y un estancamiento económico que se arrastra.
La comparación con 1929 no es casual. El paralelismo que se maneja es el del liberalismo que exige apertura a los demás y proteccionismo para sí mismo. Los aranceles, señalan, también gustaban en 1930.
El coste real: inflación, poder adquisitivo y decadencia urbana
El argumento económico es el más repetido. Se sostiene que el país vive la **peor capacidad de compra de su historia**, con todo más caro, ciudades deterioradas y una sensación de decadencia que ya no se puede disimular. La única pata que sostiene el edificio, según esta lectura, es la externa: el saqueo y la amenaza a medio planeta como sostén de la economía.
Hay quien añade un matiz sobre el efecto riqueza: la burbuja de la inteligencia artificial es lo único que tira del consumo, y su eventual pinchazo arrastraría a Europa y al resto del mundo. El cálculo completo, con las partidas desglosadas, deja una brecha que no cuadra con el relato oficial.
El giro hacia la política exterior y las guerras
La crítica más dura apunta a que el gobierno se ha dedicado a montar guerras para blindar intereses financieros concretos. La política exterior se describe como una sucesión de tumbos y palos de ciego. En ese contexto se enmarca la salida en broma de Trump sobre mudarse a Israel y presentarse a primer ministro, que algunos leen como una vía para evitar una eventual extradición por los casos de corrupción que arrastran él, su familia y parte de su gabinete.
La pregunta que queda abierta es si arrasará Irán como medida desesperada o claudicará con el rabo entre las piernas. Nadie lo sabe.
El cambio de paradigma que nadie quiere mirar
Hay una tesis de fondo que va más allá de Trump: la pandemia habría instalado una ola de sociopatía de la que nadie habla. Millones de personas, según este relato, no tuvieron remordimiento en sacrificar a sus propios familiares por no perder un viernes de botellón. Desde entonces, la reputación dejó de importar. El genocida deja de esconderse y las masas lo jalean igual.
Es una hipótesis incómoda y sin datos que la respalden, pero explica por qué el escándalo ya no moviliza a nadie.
La IA como única salida y el conglomerado europeo pendiente
Frente al pesimismo, una corriente sostiene que la IA no va a reventar: no ha hecho más que empezar y profundizará hasta que todo lo demás sea residual. Lo que sí necesitará es una reestructuración, porque tal como está concebida ahora es una ruina. La llave, se argumenta, la tiene Europa: un gran conglomerado tecnológico propio para independizarse del duopolio de los sistemas operativos y de las plataformas que embolsan millonadas.
Mientras tanto, el último bastión de votantes fieles sigue siendo la meseta española. Y ahí, la fase de negación tiene cuerda para rato.
¿Cuánto tardará el relato en admitir lo que los números ya dicen?