El grifo del crédito se cierra: la IA ya se ha bebido el ahorro mundial
La noticia es una deuda de 40.000 millones para comprar GPUs. El detonante, que Elon Musk no encuentra financiación para su empresa. Y detrás de ambas cosas, una tesis que recorre toda la conversación: el capital barato se ha terminado. Con los bonos estadounidenses al 5% y los tipos al alza en medio mundo, el ahorro disponible ya se ha volcado en la inteligencia artificial, y lo que queda no alcanza para hipotecas, para nuevas rondas ni para el siguiente pelotazo.
Lo resume una frase que aparece pronto: «Se ha acabado el crédito porque ya lo hemos consumido entero». No es una boutade. SpaceX está valorada en 2 billones de dólares de capitalización y el año pasado, solo alquilando el procesamiento que le sobraba, sacó 6 millones de beneficio. Con esas cifras, que el mercado le cierre el grifo a Musk dice bastante del estado del mercado. Si al hombre más rico del planeta no le prestan, al resto tampoco.
El efecto Cantillon de los 40.000 millones
La operación tiene nombre técnico y nombre popular. El técnico: emisión de dinero que beneficia a quien está más cerca de la manguera y perjudica al que llega tarde. El popular: efecto Cantillon. Los 40.000 millones no van a producir chips nuevos ni a financiar fábricas; van a comprar el almacén entero, encareciendo la producción de chips a nivel mundial y dejando al resto del planeta con la factura.
Hay quien señala que el movimiento recuerda a lo que hizo Google hace más de una década con sus acciones clase B, y que Meta prepara ahora una emisión de acciones clase C para financiarse sin diluir el derecho a voto. La diferencia, apuntan, es la escala: nunca antes se había movilizado tanto dinero para un activo sin beneficios repartidos que lo compensen.
¿Por qué la IA no devuelve el dinero que recibe?
Porque el producto existe, pero no da dinero. Esa es la contradicción central. Los resultados empíricos están ahí —hay quien sostiene que estamos al borde de un cambio de paradigma comparable a la electricidad o al petróleo—, pero las empresas necesitarían beneficios de trillones de dólares para devolver lo prestado. Mientras tanto, el ahorro mundial que podría haber ido a otras cosas se ha inmovilizado en GPUs que estarán obsoletas o fundidas en tres años.
El cálculo más pesimista no habla de ajuste, habla de quiebras de fondos de inversión. Y una sospecha que sobrevuela: los inversores atrapados presionan para estirar el chicle hasta la salida a Bolsa y dejar el muerto a otro. El problema es aritmético: no hay suficiente dinero en la economía para que dos empresas recauden más de dos billones de dólares cada una.
¿Se reactivará el crédito si bajan los tipos?
La vía que se apunta es la geopolítica: si se arregla Irán y termina la guerra de Ucrania, la inflación se contiene, bajan los tipos y el crédito vuelve. Es la hipótesis optimista. La pesimista es que ya se está imprimiendo para sostener el sistema, con la inflación disparándose sin subida correspondiente de salarios: robar al currito medio para que el crédito siga fluyendo.
Y una escena que cierra el círculo: Nvidia presta dinero para comprar GPUs a Nvidia. El comprador paga con el dinero del vendedor, que cobra por vender lo que él mismo financió. Cuando eso se rompa, dicen, la hostia se escuchará en Vladivostok.