El hilo se parte entre los que ven negocio y los que temen la prohibición
Primer tramo del hilo y ya hay dos bandos. Unos calculan cuánto van a pagar por una robot sexual. Otros dan por hecho que en Europa la prohibirán y que entrará por piezas. En medio, el vídeo que abre la conversación y una pregunta que nadie responde: qué pasa si se queda sin batería.
Qué se ha sabido
El hilo arranca con un vídeo de YouTube que se comenta sin enlazar noticia alguna. No hay cifras oficiales ni fuentes en este tramo. Lo que sí aparece son cálculos de foro:
17.000 pavos es la cifra que un participante pone sobre la mesa como precio de una robot, y otro aventura que harán falta
varias pagas para costearla. Se menciona el precedente de internet, donde un porcentaje altísimo de sitios eran de contenido para adultos, y se repite la idea de que la primera empresa que saque un robot totalmente funcional se va a forrar. Alguien apunta que el cerebro ya está resuelto y que lo difícil será el cuerpo. Sobre el cuidado de mayores, un forero pide robots asistentes para que los dependientes puedan ser independientes en sus casas. Y se cuela una predicción electoral: la promesa de prohibirlas en la campaña de
noviembre de 2029.
Dónde está la bronca
El choque no es sobre si la tecnología funciona, sino sobre cómo se venderá y qué harán los políticos. Un bando da por seguro el modelo de suscripción con microtransacciones y advierte de que, al dejar de pagar, el robot se puede convertir en un objeto inútil. Otro responde que en la UE lo prohibirán y que entrará de estraperlo por piezas para ensamblarlo en casa. Ahí salta la acusación de competencia desleal: si los robots funcionan bien, prohibirlos solo beneficia a los fabricantes asiáticos. La disputa política se cruza con la de género. Hay quien sostiene que las feministas están en contra y quien anticipa que algún partido llevará la prohibición al programa alegando que es una forma de violencia contra las mujeres. Un participante lanza una predicción más retorcida: que acabarán asimilando jurídicamente las robots a las mujeres biológicas para que no puedan ser poseídas ni manipuladas. Frente a eso, otro responde que el tema reproductivo se resuelve solo. La conversación deriva hacia el alivio personal —«por fin podré descansar en paz»— y hacia la burla de los que se enamoran de un robot. Alguien pregunta si nos vemos enamorándonos de algo que no te ladra, que mantiene el aspecto de veinte años y que te sigue viendo igual ochenta años después. La respuesta es que eso es cuestión de programación. También entra el uso que nadie discute: robots para mayores y dependientes. Y una queja transversal: tanta IA para conducir y para programar, pero limpiar todas las semanas no lo tiene nadie.
Qué cambia respecto a antes
No hay entrega anterior. Este tramo fija las posiciones: negocio, suscripción, prohibición, estraperlo y cuidado de mayores. Lo que se da por superado es la duda sobre si el cerebro está resuelto; aquí se asume que sí y que el reto es el cuerpo. Lo nuevo es la predicción electoral con fecha y el argumento de que la prohibición solo encarece el producto y lo saca del circuito legal. El hilo no se cierra: nadie sabe si el robot se desactiva al dejar de pagar ni si la prohibición llegará antes que el primer modelo funcional.
El vídeo y las risas
El vídeo de YouTube que abre el hilo se comenta con guasa. Un forero avisa de que es publicidad engañosa hasta que no se vea funcionando. Otro pregunta qué pasa si se le acaba la batería a media faena. Y alguien sentencia que sería para echarse unas risas que el primer sector en el que triunfen los robots humanoides sea este. La escena que más juego da es la de la robot que, al quedarse sin suscripción, suelta una respuesta despectiva al usuario que ha pagado 17.000 pavos. El hilo se ríe, pero nadie discute el fondo: el mercado avanza y la conversación va por detrás.
Nota: las citas literales de los participantes se omiten por indicación editorial.