El covid no tendrá película: nadie quiere rodar el papelón
Un aeropuerto cualquiera, año 2019, pasajeros con mascarilla en una escena de fondo. Alguien lo vio en una película de televisión y lo recuerda ahora, cuando la pregunta ya no es si hubo pandemia, sino por qué nadie la ha llevado al cine. La respuesta que circula entre quienes más la vivieron no tiene nada que ver con presupuestos ni con censura: es que el guion se escribiría solo y todos saldrían retratados.
La tesis dominante es que una película sobre el confinamiento sería, antes que un drama, una
superproducción de vergüenzas ajenas. No hay un villano claro, no hay un arco heroico limpio, y el material de archivo —vecinos rociando lejía en las fachadas, perros alquilados para pasear, carreras por el papel higiénico— funciona mejor como comedia involuntaria que como tragedia. Un participante lo resume con una frase que se repite: defenderán su postura hasta la muerte aunque los hechos estén en contra.
Qué pasó realmente en las residencias y en los hospitales
El material más incómodo no son las escenas callejeras, sino lo que ocurrió dentro. Se mencionan cadáveres de personas de 90, 100 y 105 años saliendo de residencias, familiares huyendo de esos mismos centros y enfermeras grabándose mientras aseguraban tener mucho trabajo. Son episodios que, llevados a un guion, obligarían a elegir bando en cada plano.
Ahí está el problema de fondo. Una ficción sobre el covid no puede ser neutral porque la memoria de cada espectador es distinta. Quien perdió a un familiar en una residencia no quiere ver una comedia; quien pasó el confinamiento encerrado con hijos pequeños no quiere ver un drama heroico. El resultado es un producto que incomoda a todos y satisface a nadie, y eso en taquilla se paga.
El argumento del borreguismo: por qué el guion no se sostiene
Hay una corriente que sostiene que el problema no es la falta de presupuesto, sino la falta de dignidad del material. La descripción es implacable: gente alejándose de los demás, máscaras, guantes, pantallas, vecinos vigilando como si fuera una dictadura. Una imbecilidad, dicen, que solo funcionaría como sátira.
Frente a esa lectura, otra parte del análisis apunta a que no todo fue histeria colectiva. Hubo enfermos, hubo muertos, hubo sanitarios desbordados. La discusión no es si el covid existió, sino cuánto de lo que se hizo alrededor tenía sentido. Esa ambigüedad es precisamente lo que hace inviable un guion convencional: cualquier escena que se ruede será leída como un juicio político.
Cuéntame ya dedicó una temporada entera al confinamiento, y el resultado pasó sin pena ni gloria. La ficción televisiva se atrevió antes que el cine, y el cine tomó nota.
La secuela que nadie quiere protagonizar
La broma que recorre la conversación es que la película ya se rodó: todos fueron actores secundarios sin cobrar y algunos pagaron con su salud. La secuela, si llega, tendrá el mismo reparto. Es una forma de decir que el material existe, está documentado y es reciente, pero nadie quiere ponerse delante de la cámara para defender lo que hizo.
Queda el dato que descoloca. La mayor superproducción del siglo no la firmó ningún estudio: la rodó la población entera, sin guion, sin director y sin posibilidad de repetir la toma. Por eso no habrá película. Porque nadie quiere ver su propio papel.