El voto joven no gira a la derecha: vota con la cartera
El «pendulazo» generacional no existe. O al menos no como lo venden los tertulianos que anuncian una rebelión juvenil contra lo hegemónico. Los datos que se manejan apuntan a lo contrario: los jóvenes siguen votando mayoritariamente a los demócratas en
Estados Unidos, y donde la derecha gana entre los veinteañeros es en la
Europa continental, no en el mundo anglosajón. La tesis de que la
juventud se ha cansado del progresismo se sostiene mal cuando se mira el detalle.
La explicación es más prosaica.
El chaval de 19 años no vota por los pronombres, vota por el alquiler de 1.200 euros y el curro de repartidor. Cuando la inflación se come el sueldo, el que gobierna se come el marrón. Eso no es un giro ideológico, es aritmética de andar por casa. Y explica mejor que cualquier soflama sobre la autoridad por qué un partido pierde o gana entre los más jóvenes.
El péndulo que anuncian y el que miden los datos
En 2008, dos tercios de los menores de 30 años votaron a Obama. En las últimas presidenciales, la ventaja demócrata en ese grupo cayó a cinco puntos. La lectura apresurada es que la juventud ha virado. La lectura correcta es que se ha estrechado un margen que era enorme. Pasar de una paliza a un empate técnico no es un cambio de régimen cultural; es un aviso de que el votante joven castiga al que le aprieta el bolsillo.
Hay quien sostiene que el trumpismo pinchó porque no hizo nada por los que lo auparon. Llegar al poder y dedicarse a la geopolítica y a los aranceles deja a los votantes con la excavadora más cara y el tractor sin repuestos. La decepción no empuja a la rebeldía; empuja a la abstención o al castigo.
El corte por raza que nadie publica
Un titular de «los jóvenes giran a la derecha» sin desglosar origen es humo. El cruce por raza es el único que explica algo de verdad en el electorado estadounidense, y por eso se queda fuera de los gráficos que se comparten. Sin ese desglose, la foto por edad es un decorado.
En España el fenómeno es distinto. Aquí lo anómalo no es que un partido decepcione y el votante cambie: es que la gente se
casa con su partido y lo vota aunque vaya contra sus propios intereses. Esa fidelidad de carné no se ve en el votante joven estadounidense, que ha demostrado ser pragmático a pesar de los años locos.
Votar no arregla nada, pero se sigue votando
La corriente más escéptica sostiene que da igual un partido que otro porque todos sirven a los mismos amos. Que luchar contra el
Deep State implica jugarte la vida y que esto no se arregla en las urnas. Es una tesis cómoda y difícil de refutar, pero no explica por qué la participación no se hunde.
Mientras tanto, la lectura de que la ideología se aprende como la lengua materna —si te enseñan feminismo, serás feminista— deja un corolario incómodo: si el voto joven fuera puro reflejo de lo enseñado, no habría forma de que un partido perdiera entre los veinteañeros. Y los pierde.
Queda por ver si el próximo ciclo confirma el estrechamiento del margen o lo revierte. Con la inflación como principal cabreo ciudadano, apostar por un giro cultural profundo parece precipitado. La cartera manda más de lo que gusta admitir.