Óscar Puente, ¿mejor que Sánchez o solo menos malo?
La tesis es rotunda y circula con fuerza:
Óscar Puente habría sido mejor presidente de España que
Pedro Sánchez. Sin matices. La afirmación, lanzada como convicción personal en un contexto de decepción con el nivel de la oposición política, abre un debate que va mucho más allá del titular: ¿basta con ser mejor que el peor para merecer La Moncloa? La respuesta corta es no. La larga exige mirar la gestión, no solo el tuit.
El listón está donde está. Ser mejor que Sánchez no convierte a nadie en buen presidente, solo en menos malo que el peor. De ahí a gobernar hay un trecho largo y sin asfaltar. Puente es un
pitbull de aparato: muerde bien en redes y no suelta el hueso. Eso se le reconoce. Pero gestionar un país no es soltar soflamas de barra de bar.
El paso por Fomento: trenes, túneles y aviones
Ahí está su historial al frente de Fomento. Los trenes de Cantabria que no cabían por los túneles. El circo de los aviones. El ministerio convertido en chiste recurrente. Prometió arreglar el
guano ferroviario y dejó los convoyes en el taller dos años. Eso también es gestión, y no precisamente la que se presume en un mitin.
La
defensa del ministro se apoya en su perfil técnico: idiomas, formación, un currículum que sus partidarios consideran superior al de quienes le rodean. El ministro Cuerpo, criado en Suiza, habla varios idiomas y tiene nivel, se argumenta. Pero el nivel de un ministro no se mide en títulos, sino en trenes que llegan a su destino.
El suegro y otros argumentos de patio de colegio
La conversación deriva hacia el terreno personal. Se menciona a un suegro proxeneta como supuesto contrapunto moral. Es, con perdón, un argumento de patio de colegio. Todos los partidos tienen familia política que quitaba el hipo. Usarlo como vara de medir es no tener argumento. La política española tiene un problema cuando el currículum del adversario se sustituye por el expediente familiar.
Hay quien va más lejos y sostiene que Puente habría reducido la población de España matando a gente, o que su llegada sería el remate de un proceso de destrucción. Son exageraciones propias de la bronca digital, no análisis. En el otro extremo, se recuerda que Bildu no pidió su dimisión y que un diputado de ERC lo calificó como el mejor ministro del mundo mundial. El dato, real o no, sirve para medir la anomalía: los socios parlamentarios del Gobierno lo bendicen mientras una parte del electorado lo considera un peligro.
El accidente y la sombra de los 115 muertos
La conversación incorpora un elemento trágico. Se difunde un mensaje que atribuye a la gestión de Puente la responsabilidad de que hayan muerto 115 personas, en referencia a un accidente ferroviario. El dato se lanza en un contexto de mitin, con gritos de apoyo al ministro y a Sánchez con cara de poema. La cifra es grave y merece rigor, no consignas. A la fecha de esta discusión, la atribución de esas muertes a la gestión del ministro es una afirmación política, no una conclusión judicial ni administrativa. Conviene tratarla como lo que es: una acusación en el terreno de la confrontación partidista.
El currículum que no se discute: idiomas y perfil técnico
Frente al desgaste, sus defensores sacan el perfil profesional. Puente habla idiomas, tiene formación y un historial que consideran superior al de la oposición. Se compara con Feijóo y Abascal, a quienes se atribuye un pasado y un presente de gestión discutible. La pregunta que sobrevuela es si ese perfil técnico compensa los errores de Fomento. La respuesta no es binaria. Un buen gestor puede equivocarse en un ministerio concreto; un mal gestor puede brillar en un mitin. La política española confunde a menudo ambas cosas.
El cierre del debate deja una predicción con reservas. Puente sigue en las papeletas, como cabeza de lista por Valladolid, y no se le ha borrado. Su futuro depende de que el electorado valore más el músculo dialéctico que la factura de los trenes. Si la política fuera solo gestión, el debate estaría cerrado. No lo está. Y eso, en el fondo, dice más del ecosistema político que del propio ministro.