Treinta alumnos, diez sin libreta y un examen que suspenden 23
Un profesor de matemáticas de secundaria, doctor en física, describe el aula de 3ºESO como un ejercicio de resistencia: 30 chavales por clase, un 20% de ellos migrantes con rendimiento en la media, y un catálogo de necesidades educativas que va desde dos adaptaciones curriculares hasta dos protocolos de suicidio, pasando por dislexia, altas capacidades y TDAH. La conclusión del relato es incómoda: el problema no es el alumnado extranjero, es la disciplina. «Esos niños tienen un rendimiento académico en la media del resto», subraya el texto, que sitúa el foco en los 10-12 que ni siquiera sacan la libreta.
La escena se repite cada media hora. El docente pide silencio, lo consigue diez segundos, y vuelve a empezar. Sin herramientas: la incidencia negativa no sirve, expulsar es medida extrema según la ley, los padres responden que su hijo es una joya y jefatura de estudios contesta que es lo que hay. El diagnóstico académico es igual de crudo: en 3ºESO hay quien suma 12+3 con los dedos tras años aprobando matemáticas. En el examen, con los mismos ejercicios y los mismos números que en clase, suspenden 23 de 30.
El aprobado que la ley empuja
El cierre del relato es una paradoja que cualquier docente reconoce: los alumnos acaban aprobando porque el marco legal prácticamente obliga. Aprobarlos convierte al profesor en blando; suspenderlos, en incompetente. La petición del autor, que dice no haber ido nunca a una huelga, no es dinero: es recuperar la disciplina y la exigencia en el aula. «Ni a los gobiernos ni a las familias les interesa», sentencia.
Del «funcivago» al aula sin autoridad
La respuesta no tarda en partirse en dos. Una corriente sostiene que el relato describe la vieja clase magistral: un docente que llena la pizarra de garabatos ininteligibles, habla en voz baja y solo se preocupa de que nadie moleste. La otra apunta a la falta de consecuencias: sin castigo en casa ni respaldo institucional, ninguna metodología sostiene un aula. Entre medias aparece la tecnología, con los ordenadores como distracción garantizada y la IA como amenaza al sentido de aprender matemáticas.
El punto donde el análisis se atasca es el de siempre: si el aprobado está garantizado por diseño, ¿qué incentivo le queda a quien no quiere aprender?