El voto por correo de quienes nunca votan, bajo sospecha
¿Se puede votar en nombre de alguien que jamás ha pisado un colegio electoral? La pregunta recorre estos días los mentideros digitales al calor de un asunto incómodo: el cruce entre el censo de abstencionistas históricos y la operativa del voto por correo. La chispa la encendió un mensaje que aseguraba, sin aportar prueba alguna, que a quienes nunca votan «les van a meter una papeleta del PSOE en correos». A partir de ahí, el asunto derivó en algo más interesante que el tuit original: la constatación de que el censo completo permite saber no solo cuántos se abstienen, sino
quiénes se abstienen, con nombre y apellidos.
El mecanismo que se describe es de una simplicidad casi ofensiva. El Gobierno dispone de información precisa sobre circunscripciones, mesas y participación, tanto por las actas como por los apoderados de los partidos. Con esos mimbres, cruzar abstencionistas históricos con la operativa de Correos y generar solicitudes y votos a su nombre no requeriría inundar las mesas: bastaría con introducir de forma
quirúrgica una pequeña proporción por mesa, suficiente para alterar restos y escaños ajustados. Todo ello pasaría desapercibido entre el volumen total.
¿Por qué el voto por correo es tan difícil de auditar?
El punto débil del sistema no es la urna, es el sobre. Un voto depositado en Correos escapa al control visual de apoderados e interventores, y su trazabilidad depende de un proceso administrativo que el ciudadano medio no puede verificar. Quien nunca vota no reclama su papeleta, no la echa de menos y, sobre todo, no va a protestar el día después. Es el perfil perfecto para un voto fantasma.
Hay quien sostiene que si cien abstencionistas históricos acudieran a su mesa y descubrieran que su voto ya está contabilizado, se armaría un escándalo mayúsculo. El contraargumento es igual de simple: no hace falta arriesgarse a eso cuando existen vías más discretas y efectivas. La ingeniería electoral, en esta lectura, no busca el escándalo sino la invisibilidad.
La abstención real que nadie mide
El porcentaje oficial de abstención, sostiene otra corriente de análisis, se queda corto. La tesis es que gran parte de quienes se abstienen votan de forma incidental por correo sin tener constancia de ello. Es decir, el abstencionista no solo no vota: en algunos casos vota sin saberlo. La afirmación no viene acompañada de verificación independiente, pero encaja con la desconfianza creciente hacia el proceso.
La discusión derivó en un ajuste de cuentas entre abstencionistas y votantes. Unos defienden que abstenerse es salud y que solo existen los
votontos; otros replican que el abstencionista es un enfermo mental, narcisista y con síndrome de Dunning-Krüger. La descalificación cruzada no aporta datos, pero retrata el clima: nadie se fía del otro.
Correos, Leire y el relato que se impone
El asunto escaló cuando se vinculó el voto por correo con una intervención atribuida a Leire Díaz, figura pública que se hizo conocida por su papel en la gestión postal durante un proceso electoral. La acusación, difundida sin prueba documental, sostiene que las últimas
elecciones fueron un
pucherazo. Es una imputación grave que, a fecha de esta discusión, no ha sido acreditada por ninguna instancia.
El patrón se repite: primero la sospecha, después la indignación, y al final el ciudadano que se abstiene cargando con la culpa de no haber participado. La ironía es que quien denuncia el fraude por correo suele ser el primero en exigir que se vote para arreglarlo.
El cálculo que nadie desglosa
La parte más jugosa del asunto es la aritmética. El cruce entre censo, abstención histórica y solicitudes de voto por correo permite, en teoría, estimar cuántos votos fantasma cabrían por mesa sin alterar la estadística global. El desglose completo, partida a partida, da una horquilla que sorprende por lo modesta: no hace falta una operación masiva, solo una manipulación quirúrgica en los escaños ajustados. Quien quiera ver los números finos tendrá que bucear en la fuente original, porque aquí no los vamos a reproducir enteros.
Al final, la pregunta no es si el sistema es perfecto —ningún sistema lo es—, sino si alguien ha demostrado que se está usando para lo que se insinúa. De momento, la respuesta es la de siempre: mucha sospecha, poca prueba y un censo que sabe tu nombre.