El mismo producto español, más barato en un Lidl alemán
Un folleto de Lidl Alemania pone precio a productos de origen español por debajo de lo que cuestan en las estanterías españolas, según se afirma en el debate. La paradoja —vender más caro en el país donde se produce— ha abierto un cruce de explicaciones que van del IVA a la estructura de costes, pasando por la fiscalidad y el gasto público. No es una anomalía aislada: afecta a referencias que se fabrican aquí y se exportan para volver, en algunos casos, con etiqueta alemana.
Por qué un producto español cuesta menos fuera que dentro
La primera explicación que aparece es la logística. Un producto que sale de una fábrica española hacia un centro de distribución alemán recorre más kilómetros, pero el coste por unidad puede diluirse en volúmenes mucho mayores. El mercado alemán mueve más unidades por referencia, lo que reparte los costes fijos y permite ajustar el margen. En España, con una cesta media más pequeña por tienda, ese mismo producto soporta una estructura de costes menos eficiente.
A eso se suma la presión fiscal. El IVA español sobre alimentación ha fluctuado con medidas temporales, pero el tipo general sigue pesando en el precio final. En Alemania, el tipo reducido para alimentos básicos es más bajo. La diferencia, sumada a los costes laborales y energéticos, explica parte del diferencial. No toda: hay quien sostiene que el margen comercial en España es más alto porque el consumidor tiene menos alternativas cerca.
El argumento que culpa al gasto público
En el trasfondo del debate aparece la crítica al tamaño del sector público. Se argumenta que una parte del precio que paga el consumidor español se va en impuestos que financian estructuras administrativas, y que eso encarece cualquier producto por encima del arroz o el agua del grifo. Es una tesis recurrente: cuanto más rojo el mapa fiscal, más caro el carrito. La relación no es automática, pero el diferencial de presión fiscal entre comunidades y países existe y se traslada al precio final.
La comparación con Alemania no sale bien parada para España en gasto público por habitante en según qué partidas, pero tampoco es una foto fija. El debate sobre el número de empleados públicos y su productividad planea sobre la conversación, aunque sin datos concretos que lo cuantifiquen. Lo que sí aparece es la sensación de que el consumidor español paga dos veces: como contribuyente y como cliente.
El caso de los derechos de televisión y otras paradojas
No es el único sector donde España paga más por lo mismo. Los derechos de televisión del fútbol son más caros aquí que fuera, y hay productos alemanes que se venden más baratos en España que en Alemania. La lógica del precio no sigue siempre la del origen: sigue la de la competencia y la disposición a pagar. Donde hay menos competencia, el precio sube. Donde el consumidor compara más, baja.
Eso explica que un producto español sea más barato en Alemania: allí compite con más marcas y el margen se ajusta. Aquí, con menos presión competitiva en ciertos segmentos, el margen aguanta. La paradoja no es de Lidl, es del mercado.
Qué puede pasar con el diferencial de precios
Con la inflación alimentaria moderándose pero sin volver a los niveles previos, el diferencial entre países seguirá siendo visible mientras los costes estructurales no converjan. La presión sobre los márgenes comerciales y la competencia de las marcas blancas pueden estrecharlo, pero no eliminarlo. Si el consumidor español empieza a comparar precios con Europa —algo que la digitalización de los folletos ya permite—, la presión sobre las cadenas aumentará. Tardará, pero el sentido común del carrito tiene más fuerza que cualquier campaña.