La derecha y el 0,35% de las pensiones en 2018
Un jubilado que cobra 1.200 euros al mes no necesita un máster en macroeconomía para saber si su pensión sube o se queda congelada. Y en 2018, con el PP en La Moncloa, la revalorización fue del 0,35%, no del IPC. Ese detalle, según se argumenta en el debate, se convirtió en un lastre electoral que la derecha todavía arrastra. La discusión sobre cómo garantizar las pensiones se ha envenenado hasta tal punto que, según se sostiene, ya no importa el cómo, sino el qué: qué partido se atreve a decir en voz alta que subirá las pensiones por encima del IPC. El resto, según se argumenta, es ruido.
El 0,35% que lo cambió todo
En 2018, el Gobierno de Mariano Rajoy aplicó una subida del 0,35% a las pensiones, muy por debajo del IPC de aquel año. La medida, defendida como una cuestión de sostenibilidad, se convirtió, según se sostiene, en un arma arrojadiza. Desde entonces, según se argumenta, una parte del electorado mayor de 55 años desconfía de los mensajes de la derecha sobre pensiones. No es un problema de comunicación: es, según se sostiene, un problema de credibilidad.
El cálculo es simple. Un pensionista medio que cobra 1.200 euros al mes vio cómo su poder adquisitivo caía varios puntos en un solo ejercicio, según se argumenta. La subida del 0,35% no compensaba ni la cesta de la compra más básica. Ese año, el IPC superó el 1,7%. La diferencia, pequeña en términos absolutos, se amplifica cuando se proyecta a lo largo de una década. Y los votantes mayores, según se sostiene, hicieron la resta.
Hay quien sostiene que la derecha perdió el target electoral de los pensionistas porque el PSOE les ofreció una subida ligada al IPC. Otros apuntan que el problema no es la oferta, sino la falta de credibilidad. En cualquier caso, el daño está hecho: según se argumenta, los votantes mayores solo quieren terracear y gastarse su pensión, y si les ofreces un euro menos que el otro, votan al otro.
¿Por qué la derecha no recupera el voto de los pensionistas?
La respuesta corta, según se sostiene: porque no ha sabido construir un relato alternativo. La derecha ha intentado explicar la sostenibilidad del sistema con gráficos y proyecciones demográficas, pero ese mensaje no cala en un votante que solo quiere saber si el día 25 cobrará lo mismo que el mes anterior. La izquierda, en cambio, ha simplificado el mensaje: las pensiones subirán con el IPC, punto.
Esa simplificación, según se argumenta, es electoralmente letal. Un partido que promete subidas por encima del IPC, incluso si luego no puede cumplirlo, gana votos, según se sostiene. Y la derecha, atrapada en su propio discurso de austeridad, no se atreve a hacer esa promesa. El resultado es una brecha que se ensancha con cada año que pasa.
El problema de fondo, según se sostiene, es que la derecha ha perdido la batalla cultural. Los pensionistas no votan con el bolsillo: votan con el miedo, según se argumenta. Y el miedo a perder poder adquisitivo es más fuerte que cualquier argumento sobre la sostenibilidad del sistema. Mientras la izquierda explota ese miedo, la derecha se queda explicando cosas que la masa de población, según se argumenta, no puede entender.
El cortoplacismo que lo explica todo
España tiene un problema de miras, según se sostiene. No se mira al futuro, ni siquiera al medio plazo. La política de pensiones es un ejemplo perfecto: nadie quiere reformar el sistema en profundidad porque hacerlo implica perder votos, según se argumenta. Los pensionistas son un bloque electoral disciplinado, y cualquier recorte, por pequeño que sea, se traduce en una pérdida de escaños, según se sostiene.
La consecuencia es que el sistema se mantiene a base de parches, según se argumenta. El Pacto de Toledo de 1995 fue un intento de dar estabilidad, pero las reformas posteriores han sido cosméticas, según se sostiene. La última, la de 2023, volvió a ligar las pensiones al IPC, pero sin abordar el problema de fondo: la pirámide demográfica, según se argumenta. La población joven mengua, y los que vienen detrás no podrán sostener el sistema con las cotizaciones actuales, según se sostiene.
Mientras tanto, los políticos siguen prometiendo lo imposible, según se argumenta. Unos dicen que las pensiones subirán siempre con el IPC; otros, que hay que recortar para garantizar el futuro. Nadie dice la verdad completa: que el sistema necesita más cotizantes, más inmigración o más impuestos, según se sostiene. Y como nadie lo dice, el problema se aplaza. Otra vez.
El dato que descoloca, según se argumenta: en 2023, el PP ganó las elecciones generales por un amplio margen al PSOE, pero perdió el voto de los mayores de 65 años en varias comunidades. La contradicción, según se sostiene, es evidente. La derecha gana en el conjunto, pero pierde donde más duele: en las urnas de los que cobran una pensión. Y mientras no resuelva ese rompecabezas, seguirá regalando un electorado que, por demografía, solo puede crecer, según se sostiene.